De "La Gastronomía de José Soler".

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Literatura Gastronómica.

 

 

"La Última Neu".

"La Última Nieve"...

 

Autor: don Miguel Ángel Pérez Oca...

IV Premio Literario Gastronómico Hotel "Pou de la Neu". Año 2007

 

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Presentación.

 

 

           "La última nieve lo ha vuelto a lograr... Ha conseguido que la onda expansiva y sentimental que arroja el "Pou de la Neu" desde el "Alt de la Carrasqueta",alcance una vez más la pared de piedra del ayer, para luego rebotarnos hasta hoy... Que pretencioso escribirlo, pero las obritas - perdónenme los ganadores, el diminutivo aquí no empequeñece y sí encariña - que van conformando el corpus del Premio Literario Gastronómico, se están mutando por derecho propio en algo así como clásicos... ¿O puede separarse clásico y pasado?... Porque el tiempo y su paso se han convertido en ingredientes fijos de los relatos que llegan aquí para participar en una propuesta que, suceda lo que suceda, conserva su alma.

 

 

 

 

                  El texto del alicantino Miguel Ángel Pérez Oca no falla. Desgrana el autor con precisión y minuciosidad los secretos de un oficio perdido y que antes iba casi en los genes... Hasta que una alteración llamada industria lo fulminó... La industrialización... Uno de los protagonistas de éstas páginas la sueña en sus pesadillas con forma de negras e inmensas chimeneas amenazantes para su plácida vida, allí, arriba, entre las peñas.

 

                  Y su desarrollo por una provincia que iba desde Xixona hasta Torrevieja-Babel, por trazar sólo una de las infinitas rutas alicantinas, para acabar con una forma de ser y dar paso a otra, distinta... Pero sobrevivieron los refugios, como el "Pou"... siempre el "Pou"... donde el "negoci" (..."negocio") es ahora alimentar cuerpos y espíritus y darles merecido sosiego, divisando tierra, y al fondo el mar... Y donde cada año nos volveremos a juntar para celebrar. Lo que sea: "No lo sé niña... pero ago celebraremos"...

 

Martín Sanz.

Marzo 2008

 

 

 

 

"La Última Neu"...

"La Última Nieve"...

Autor:

Don Miguel Ángel Pérez Oca...

 

 

 

                  "Bañados por la luz de una luna redonda y brillante como un duro de plata, allá arriba de la sierra, quedaban el pou de la neu (..."pozo de la nieve") y el refugio del nevater (..."nevadero") recortándose como las peñas de su alrededor contra un cielo limpio y cuajado de estrellas... La señora Concha y su hija Concheta se asomaron a lo alto de las escarpadas rocas, embozadas en sendas mantas, para despedir al tío Pere (..."tío Pedro") y a su hijos Pauet (..."Pablete") y Peret (..."Pedrete"), que marchaban con la tartana repleta de hielo por las veredas oscuras del bosque, apenas iluminada por el farol que Peret portaba, corriendo delante de las asustadizas mulas...

 

                    Iban a bajar al pueblo, a ver que pasaba con el "negoci", como decía el padre de la familia, refiriéndose a la nieve que, con grandes esfuerzos y sacrificios, se dedicaban a recoger durante los inviernos... Para aprovechar el viaje, toda la familia había estado extrayendo del pozo el hielo en que se habían convertido las capas de nieve prensada entre paja de arroz, y partiéndolo en trozos más o menos regulares... Después lo habían depositado en el fondo de su tartana adecuada para ese transporte, entre sacos de arpillera cuidadosamente colocados para evitar en lo posible la licuefacción de la preciada, fría e inmaculada mercancía.

 

                  - ¿Vendrás antes de la noche? - había preguntado la señora Concha a su marido cuando lo vio partir.

 

                  La señora Concha era de Torrevieja, y siempre hablaba con su esposo en castellano.

 

                 - Crec que sí, dona. Però, ja vorem  (...Creo que sí. Pero, ya veremos) - le contestó el tío Pere, que había nacido en una masía de la sierra de Mariola hacía 41 años y siempre hablaba en valenciano con su mujer.

 

                  Durante toda su vida matrimonial, cada uno había utilizado su propia lengua y siempre se habían entendido a la perfección, sin que ninguno de los dos tuviera que molestarse en forzar su manera de hablar para complacer al otro... Había sido así desde se conocieron en Cartagena, donde el tío Pere -entonces Peret- hacía su servicio militar y la señora Concha -entonces Conchita- servía de criada en la casa de un notario... Se enamoraron, se casaron en cuanto Pere terminó sus obligaciones castrenses y se marcharon a vivir a la sierra, junto al pozo de nieve del que era guardés el padre de él... A los pocos años, el viejo tío Pau había muerto y su joven hijo heredó la responsabilidad del trabajo... Y allí, en medio de los ventisqueros, tuvo la señora Concha a sus tres hijos Pauet, Peret y Concheta... Todo su mundo, en los últimos diecinueve años, habían sido las alturas, las nieves y las veredas de montaña, los rebaños de cabras, el cuidado de la pequeña huerta y la pequeña granja, y sobre todo la neu, el "negoci", la recogida de la nieve en la tartana por los alrededores del pozo, y a veces, si la nevada era grande, con otros lugareños y sus bestias que subían del pueblo a ayudarles... Después venía la colocación cuidadosa de la nieve en el pozo gigantesco, capa sobre capa, entre finas capas de paja de arroz, con cuidado de no toca las paredes del pozo, para que desaguara debidamente, ayudándose de carruchas y mazos, en cuyo manejo Pauet ya se había convertido en un experto... Y al llegar el verano, a distribuir los frutos del trabajo invernal: los viajes con la tartana al pueblo, para servir el hielo a los hogares de los ricos, a la fonda, a los médicos, o al depósito donde se distribuía a lomos de mulas por toda la comarca... Cuando había un pedido importante, eran las recuas las que venían y se pasaban media noche cargando y media viajando por caminos y veredas hacia su destino... El amo, el señor Andreu, apenas subía por el pozo para comprobar que todo marchaba bien... Confiaba en el tío Pere y reconocía su profesionalidad y entrega... Al final de la temporada estival, hacía cuentas, y las monedas de plata con la efigie del rey quedaban guardadas debajo de una baldosa en un rincón del comedor, para ser gastadas a lo largo de todo el año... El tío Pere no quería billetes de banco, porque el papel se lo pueden comer las ratas, decía... Alguna vez, la familia entera bajaba al pueblo a hacer compras, a encargar ropa y comida... o a mercar algún animal, un cerdo o un cordero, con el que hacer cecina y embutidos para todo el año... Y así pasaba el tiempo, mientras la señora Concha se lamentaba de que sus hijos se criaban como animales del bosque, sin ir a la escuela ni aprender nada que no fuera "la neu"  y sus tareas... El tío Pere se encogía de hombros y decía:

 

                  - Què vols, dona?  El pobre es pobre i ha de treballar... Els xics coneixen tot el que els falta per a viure en aquest negoci (...¿Qué quieres, mujer? El pobre es pobre y ha de trabajar... Los chicos conocen todo lo que les hace falta para vivir en éste negocio).

 

                  Y seguía a lo suyo...

 

                  - ¿Queréis que os haga una tortilla en salsa para la vuelta? - les había preguntado antes de irse.

 

                 - Sí, mare, i també alguna coseta bona de postres (...Sí, madre, y también alguna cosita buena de postres) - le había contestado Pauet, que, siguiendo la la costumbre paterna, escuchaba a su madre en castellano y le contestaba en valenciano.

 

                 - Hala, Concheta, ven al corral a recoger los huevos para esta noche - le dijo a su hija, al volver de las peñas, tras perderse la luz que guiaba la tartana en los últimos vericuetos del camino que bajaba al collado.

 

                 - Mare, tinc son... Anem a dormir una miqueta més i després recollirem els ous (... Madre, tengo sueño... Vamos a dormir un poquito más y después recogeremos los huevos) - le contestó la niña siguiendo la costumbre familiar.

 

                  La señora Concha, siempre aislada en lo más alto de la sierra, rodeada de una familia que le hablaba en una lengua que no era la suya, sin otra mujer a quien confiar sus cuitas, se sentía muy sola. Hasta la muerte de su suegra, por lo menos, podía discutir en dos idiomas con aquella sombra negra que se movía con toda naturalidad entre las blancuras de la nieve, acartonada como un vencejo congelado entre los hielos. Ella y su marido tenían ahora dos tumbas en un bancal de detrás del pou de la neu, con cruces de madera talladas por el tío Pere, junto a las tumbas de sus padres y otras que debieron de ser de sus abuelos o quizás de extraños que antes de su familia se ocuparon del pozo de los Andreu.

 

                 En el último invierno, un temor se había apoderado del ánimo del tío Pere, a la vez que una esperanza secreta crecía en el pecho de la señora Concha. Un día el marido había vuelto muy preocupado del puerto por el que discurría el Camino Real, donde se solía citar con los muleros que bajaban a la ciudad. Les comparaba tabaco y algunas viandas para la casa y, sobre todo, les sonsacaba noticias y chismes del pueblo.

 

                 - Que se t'acaba el negoci, tio Pere (...Que se te acaba el negocio, tío Pere) - le había dicho Toni, el arriero, un hombre recio y muy alto que siempre andaba de broma.

 

                  - Què passa? - se había reído el tío Pere - Que la gent ja no ha de voler neu per als malalts, ni els rics per a fe gelats? (... - ¿Qué pasa?... - ¿Qué la gente ya no ha de querer nieve para los enfermos, ni los ricos para los helados?)...

 

                 - No, tio Pere, que el senyor Andreu va vindre l'altre dia al poble amb un enginyer francés que vol muntar una fàbrica de fer gel (... No, tío Pedro, que el señor Andreu vino el otro día al pueblo con un ingeniero francés que quiere montar una fábrica de hielo).

 

                  - Ací, al poble? (...¿Aquí, en el pueblo?).

 

                  - Sí, al poble, com les que ja han fet a la ciutat. (...Sí, en el pueblo, como las que ya han hecho en la ciudad).

 

                  Y el tío Pere se partía de risa...

 

                  - Una fàbrica de fer gel. Sí home, i un altra de fer moniatos. La neu, la fa Déu al cel i del cel cau, com els moniatos ixen de la terra i del aigua. Son coses de la... "Naturaleza" (...Una fábrica de hacer hielo. Sí, hombre, y otra de hacer boniatos. La nieve, la hace Dios en el cielo y del cielo cae, como los boniatos salen de la tierra y el agua. Son cosas de la "Naturaleza") - le costó pronunciar la palabra que alguna vez había oído en Cartagena, cuando el servicio militar - i que l'home no pot fer. L'home fa carros, escopetes, eines del camp, motors... Pero la neu cau del cel, quan Déu vol. Tu has vist eixes fàbriques de la ciutat? (...y que el hombre no puede hacer. El hombre hace carros, escopetas, herramientas del campo, motores... Pero la nieve cae del cielo, cuando Dios quiere. ¿Tu has visto esas fábricas de la ciudad?).

 

                  - Ah, no ho sé. A la ciutat hi ha fàbriques grans, i no sé si queansevol d'elles és la de fer gel. Però, a que fa anys que no portem gel del teu pou a la ciutat? (...Ah, no lo sé. En la ciudad hay fábricas grandes, y no se cual de ellas es la de hacer hielo. Pero ¿a qué hace años que no llevamos hielo de tu pozo a la ciudad?).

 

                  - Perque en deuen comprar d'un altre pou més barat (...Porque la deben comprar de otro pozo más barato).

 

 

 

 

 

 

                  Pero no se marcho tranquilo a casa. Esa noche soñó con una inmensa fábrica, toda llena de chimeneas, de cuyas máquinas extrañas salían tomates, boniatos, melones, sardinas todavía coleando... y nieve mucha nieve... Detrás de él, los campesinos y los pescadores se morían de hambre, mientras los ricos se hartaban de comer.

 

                  La verdad era que ya hacía varios años que los muleros no bajaban a la ciudad a llevar hielo, porque, según se decía, allí se consumía el que servían de una fábrica que habían montado unos franceses.  Pero el tío Pere no podía concebir en que consistía el tremendo secreto de fabricar una cosa que, como la nieve, viene del cielo. Se imaginaba las fábricas de hielo como enormes factorías que había visto alguna vez en Cartagena y Alcoy, con sus altísimas chimeneas que parecían rozar el cielo. Por un extraño prodigio de la ingeniería, en lugar de expulsar penachos de vapor y humo, esas chimeneas absorbían la nieve de las nubes y la depositaban en enormes pozos subterráneos... No podía imaginarse otro  procedimiento.

 

...Glorieta "nevada" en Alcoy, provincia de Alicante. España.

 

                   Por eso, pensaba, en estos últimos tiempos nevaba y llovía tan poco, porque los industriales de las ciudades robaban la nieve y el agua de las nubes y, cuando éstas llegaban a la sierra, ya iban vacías el preciado elemento.

 

                  Aquel año tampoco había nevado apenas. Con mucho trabajo consiguieron el tío Pere y su familia llenar el pozo hasta la mitad. Y cuando al final del invierno cayó una nevada más que mediana, nadie subió a ayudarles desde el pueblo. Por mucho que se esforzaron, no consiguieron que el pozo quedara colmado, como otros años. Y la nieve, en las alturas, a falta de suficientes brazos, se fue licuando ante la impotencia del nevater.

 

                  ¿Por qué no habría enviado el amo Andreu una cuadrilla de hombres del pueblo para ayudarles a llenar el pozo, como era costumbre?, se preguntaba el tío Pere, sumido en una gran zozobra, agotado por el esfuerzo de recoger tanta nieve sin más ayuda que la de su mujer y sus hijos.

 

                  - I l'enginyer francés? Està fen la fàbrica de neu? (...¿Y el ingeniero francés? ¿Está haciendo la fábrica de nieve?) - le preguntó a los muleros, cuando ya apuntaba la primavera.

 

                  - Una fàbrica estan fent, però si és per a fer gel o no, ningú no ho sap (...Una fábrica están haciendo, pero si es para hacer hielo o no, ninguno lo sabe) - le contestó Toni, con mirada burlona.

 

                  - Estàs prenent-me el pel (...Estás tomándome el pelo).

 

                  - Que no, tio Pere, que no, que estan portant peces  i peces de ferro per a montar una maquinaria que fa por, i que va amb electricitat, com les bombetes de la luz (...Que no tío Pedro, que no, que están trayendo piezas y más piezas de hierro para montar una maquinaria que da miedo, y que va con electricidad, como las bombillas de la luz).

 

                  - I amb l'eletricitat han de fer neu, animal? (...¿Y con la electricidad han de hacer nieve, animal?) - le contestó el tío Pere - L'electricitat fa calor, bèstia, i la neu es freda. Que no has tocat mai una bombeta encesa? Vols fer-me tornar boig? Com s'ha de fer fred amb calor? Ves-te'n i que et donen butifarra (...La electricidad da calor, bestia, y la nieve es fría... ¿Qué no has tocado nunca una bombilla encendida?... ¿Quieres volverme loco?... ¿Cómo se ha de hacer frío con calor?... Vete y que te den morcilla).

 

                  Pero de vez en cuando se asomaba a las peñas desde donde se divisaba, allá abajo, el pueblo, para ver si empezaba a sobresalir por encima de los tejados una altísima chimenea. Después suspiraba, algo más tranquilo, porque el pueblo aparecía como siempre, con su ruinoso castillo, su iglesia y su puñado de casas de tejados pardos.

 

Fotografía antigua del "pueblo del turrón"... Xixona, en la provincia de Alicante... Publicada en el Blog "Alicante Vivo"...

 

                 Sin embargo, cuando vino el buen tiempo, nadie subió a darle la relación de pedidos y las fechas en que debía abastecer las recuas, como todos los años.

 

                  - A ver si se ha muerto el amo Andreu - dijo un día la señora Concha, ocultando la secreta esperanza de que fuera cierta la noticia de la fábrica de hielo, y la familia se tuviera que bajar al pueblo a trabajar en ella, en lugar de estar allá arriba, desterrada en las alturas y con los hijos sin ir a la escuela para hacerse hombres de provecho. Pero el tío Pere se volvió de espaldas, bufando, indignado con la posibilidad de perder su empleo de toda la vida. El sólo sabía trabajar en "el negoci de la neu" (..."el negocio de la nieve") y no quería hacer otra cosa.

 

                 - El senyor Andreu té familia. Si s'haguera mort, els seus fills s'encarregarien del negoci (...El señor Andreu tiene familia. Si se hubiera muerto, sus hijos se encargarían del negocio).

 

                  Pero ya no pudo esperar más. Esa noche, con la ayuda de sus hijos Pauet y Peret, cargó la tartana de hielo y se bajo para el pueblo con la intención de llegar antes de que el sol empezase a calentar. La señora Concha se volvió a la casa y dejó que su hija Concheta se fuera a dormir; pero ella ya no quiso regresar a la cama sin aprovechar las horas que quedaban de noche. Se fue al corral, a por huevos... recogió patatas, almendras, ajos y especias de la despensa, y aceite... También descolgó todos los embutidos, como si fuera día de fiesta, y saco una hogaza de pan de la tinaja. "Si después de la tortilla, tienen más gana, que coman el mejor embutido que hay en casa", se dijo. En eso vio una pastilla de turrón que había sobrado de Navidad, del paquete que todos los años les mandaba el amo Andreu por medio de los arrieros del Camino Real, y tuvo una idea brillante. Más tarde iría al pou y traería nieve para hacer helado. Iba preparar una cena de celebración. Si el "negoci" continuaba, celebrarían que todo había sido una falsa alarma. Y si había que dejar el pou para siempre, ella al menos celebraría el fin de su destierro.

 

 

 

 

 

 

                  Amanecía cuando llegaron al pueblo el tío Pere, Pauet y Peret...

 

                  - Neu neta de la serreta! (...¡Nieve limpia de la sierra!) - se anunciaba el tío Pere, llevando a los animales del ronzal, mientras sus hijos, con el garfio en la mano y un saco doblado sobre el hombro, esperaba el pedido de alguna vecina para servirle unos trozos de hielo.

 

                  Pero nadie se asomaba a las puertas...

 

                 - Vinga, xiquetes, que estan ací els nevaters de las serra! (...¡Venga, "chicas", que está aquí los "nevaderos" de las sierra!) - seguía gritando el tío Pere, en medio de la calle silenciosa.

 

                  - Eh, senyà Virtudes! (... ¡Eh, señora Virtudes!) - llamó a una vieja que se dirigía a su casa con una bolsa de pan en la mano - Que no vol neu? (¿Qué no quiere nieve?)...

 

                   Y la mujer se quedó mirando como quien ve una aparición.

 

                   - Ai, fill meu, què no saps que ara vénen el gel a la tenda de l'Andreu? (...¡Ay, hijo mío!... ¿Qué no sabes que ahora vende el hielo en la tienda del Andreu?).

 

                   - A la tenda? (...¿En la tienda?) - preguntó el tío Pere, incrédulo - I d'on la portem? De quin pou de la serra? (...Y, ¿de donde la traen?... ¿De qué pozo de la sierra?).

 

                  - Quina serra, ni quina serra? En fan a la fàbrica (...¿Qué sierra, ni qué sierra? La hacen en la fábrica).

 

                  - En quina fàbrica? (...¿En qué fábrica?).

 

                  - Pos, en quina fàbrica ha de ser? En la fàbrica de fer gel (... Pues ¿en qué fabrica ha de ser?... En la fábrica de hacer hielo).

 

                  Y el tío Pere miró a su alrededor, desconcertado. Conforme había ido acercándose al pueblo, había intentado atisbar cualquier signo de la rumoreada fábrica. De ser cierto lo que le decía la señá (...señora) Virtudes, en algún lugar cercano debía alzarse una gigantesca chimenea que rozara las nubes. Pero el pueblo aparecía como siempre, tal y como ya lo había visto tantas veces desde lo alto de la sierra.

 

                   Se fue con su hijos y su tartana para el almacén del señor Andreu, y entonces la vio... El edifico apenas había sido modificado por fuera, salvo por una especie de torre de ladrillo a donde iban a parar varios cables de tendido eléctrico. Pero, al entrar en la nave y acomodar sus ojos, se asustó de ver una maquinaria con ruedas y engranajes que giraba constantemente sin moverse del sitio y que emitía unos ruidos rítmicos y espantosos, parecidos a los de las locomotoras que vio alguna vez en los muelles de Cartagena.

 

                  - Hola, Pere, ¿qué haces aquí? - le preguntó el señor Andreu que, cuando estaba en presencia de algún otro señor, le hablaba en castellano.

 

                  El señor Andreu era un hombre gordo, vestido siempre de traje, con chaleco sobre el que brillaba la cadena de oro de un reloj de bolsillo, zapatos relucientes y sombrero bombín. Estaba fumándose un puro, mientras hablaba con un hombre muy alto, de cabello rubio alborotado y cara colorada, de extranjero.

 

                  El tío Pere se quitó la boina, con un gesto de respeto.

 

                 - Com ningú m'ha donat instruccions per al negoci, doncs he vingut a vore què farem enguany. I he aprofitat per a baixar un carro de neu (... Como ninguno me ha dado instrucciones para el negocio, pues he venido a ver que haremos este año. Y he aprovechado para bajar un carro e nieve).

 

                  - Caray - se lamentó el señor Andreu -, tenía que haberte avisado. Pero, es que hasta que he visto la máquina en marcha, no las tenía todas conmigo, y pensé: si esto falla, ahí arriba está Pere en el pou de la neu...

 

                  - "Pego", ya ve, "señog Andgeu", que mi máquina no ha fallado... - intervino el extranjero que, sin duda, era el ingeniero francés del que le había hablado Toni, el mulero.

 

                  - Malparit... (...Mal nacido) - se dijo el tío Pere para sí.

 

                  - Ahora ya no hace falta la nieve de la sierra, Pere - le informó el señor Andreu -; así que tendrás que venirte aquí a vivir. Con tu tartana podrás distribuir el hielo de la fábrica entre los vecinos de estos pueblos. No te podré dar tanto dinero como ganabas allá arriba, pero tu mujer y tus hijos encontrarán trabajo y se ganarán también la vida. Además Pauet y Peret podrán ir a la escuela...

 

                   Y se interrumpió al ver que el tío Pere lloraba en silencio, con dos gruesos lagrimones resbalando por sus mejillas.

 

                  - En vaig creure que era una broma del Toni, el mulero. Però ara...  Pèro ara... Com pot ser? Com es pot fer fred del calor? Com pot una màquina que va amb eletricitat fer neu, com quan Déu ens l'envia a la serra? (...Creí que era una broma del Toni, el mulero... Pero ahora... Pero ahora... ¿Cómo puede ser? ¿Cómo se puede hacer frío del calor? ¿Cómo puede una máquina que va con electricidad, hacer nieve, como cuando Dios nos la envía a la sierra?).

 

                  Y el francés se acerco al tío Pere y quiso explicarle el prodigio.

 

                  - "Señog Pegue", esto no es un milagro, no es "simplement ingenierie. Es física, ciencia, ¿sabe? Mi maestro, el "pgofesog" Charles Abel Tellier, en la "Feguia" de París de 1878 "pgesentó" esta máquina con gran admiración del público. Es sencillo. Mire usted: Cuando una gas se "compgime", se calienta, "pego" cuando se dilata se "enfguia". Esta máquina "compgime" y dilata un gas "paga pgodicid fgio". Y con este "fgio" se congela el agua y hacemos hielo. Sencillo, cómodo y "bagato". El "señog Andgeu" gana más "dinego" y ustedes no tienen que "tgabajag" tanto ni depender de que un año nieve más o menos...

 

                  Y el tío Pere bajo la cabeza, abrumado por la evidencia.

 

                  - Demà tancaré la casa i baixarem tots al poble, senyor Andreu. I ja em dirà que he de fer (...Mañana cerraré la casa y bajaremos todos al pueblo, señor Andreu. Y ya me dirá que tengo que hacer).

 

                   - Muy bien, Pere, muy bien. Pues aquí estaremos para enseñarte a manejar las barras de hielo. Mira que bonitas son.

 

                  Y le enseñó una pila de barras de hielo, todas iguales y casi transparentes, que unos hombres armados de garfios estaban cargando en un carro. Al tío Pere le parecieron falsas, de cristal, todas iguales, tan limpias y tan artificiales...

 

                  - Açò és un contradéu (...Eso es un "contra Dios").

 

                  Y se marchó con la cabeza baja a donde le esperaban sus hijos y la mulas con la tartana.

 

                  - Hala, anem cap amunt (...Hala, vamos para arriba).

 

                  - I la neu que portem, pare? (...¿Y la nieve que llevamos, padre?).

 

                  - La tirarem en eixir del poble. Ja no val res (...La tiraremos al salir del pueblo. Ya no vale nada).

 

 

 

 

 

 

 

                 En lo alto de la sierra, la señora concha había terminado de preparar la tortilla en salsa, tal como le había enseñado su madre en la añorada y lejana Torrevieja, marinera y cosmopolita. Primero había hecho en la sartén una tortilla de patatas de seis huevos. Después había frito una rebanada de pan y unas cuantas almendras... Asó tres dientes de ajo y lo puso todo en el mortero, con una ramita de perejil, para picarlo concienzudamente... Sólo faltaba freír dos tomates, poner en el mortero un poco de agua y remover su contenido, echarlo en el tomate frito con un poco de azafrán y ponerlo todo a hervir, para echar dentro la tortilla partida en cinco trozos. Pero todo eso lo haría cuando viera acercarse a su marido y los dos chicos por las veredas de la sierra, de manera que la cena estuviera lista y caliente a su llegada.

 

                   Pintura de don José Perezgil (...1918-1998)... Salinas entre la ciudad de Alicante y el aeropuerto del Altet (...Elche)... Al fondo: el castillo de Santa Bárbara... la sierra de Aítana y la Carrasqueta (...Xixona) con el "Pou de la Neu" en el "Alt de la Carrasqueta"...

 

                  Ahora tenía que preparar el postre, la sorpresa con la que había que celebrar lo que hubiese que celebrar. Había subido al desván y se bajó la heladera de su suegra, que no había usado desde que murió la vieja. La limpió bien y la dejó en un rincón de la cocina, mientras Concheta se distraía troceando el turrón en pedazos muy chiquitines y aplastándolos después con un tenedor. Ordeñó la cabras del redil y puso la leche al fuego, con un pedacito de canela en rama, una cortecita de limón y una ramita de vainilla. Separó unas yemas en un recipiente, les echó una medida de azúcar y las batió con energía, mientras vigilaba la leche.

 

 

 

 

 

                  - Hala, Concheta, echa ya el turrón a las yemas y ve removiéndolo todo para que se mezcle bien - dijo mientras esperaba que la leche empezara a hervir, para apartarla del fuego.

 

                  Entonces fue echándole la masa de yemas, azúcar y turrón... muy poco a poco... mientras la niña agitaba la mezcla con un cucharón de madera. Luego, paso el líquido pastoso por un tamiz y lo dejó reposar, para que se enfriase antes de helarlo.

 

                   - Vamos, Concheta, que tenemos que subir un poco de nieve del pou.

 

                  - Pero, mare, si no està ací Pauet, ¿qui baixarà a la neu? (...Pero, madre, si no está aquí Pauet, ¿quién bajará a la nieve?) - preguntó la niña.

 

                  - Pues, tú misma.

 

                  - Jo? I si m'esvare i caic una bac? (...¿Yo? Y si me resbalo y me pego un batacazo?).

 

                  - No, no te preocupes, que te ataré una cuerda a la cintura y te bajaré con mucho cuidado.

 

                  Y salieron las dos para el pozo. A la entrada, la escalera metálica descendía vertical por la pared hasta la nieve que se encontraba unos tres metros más abajo.

 

                  - Venga, baja despacito, con cuidado, y me llenas el balde de los trozos sueltos que hay por ahí.

 

                 La niña descendió con el corazón batiéndole en la garganta, emocionada de estar corriendo una aventura inesperada. Una vez abajo se soltó de la cuerda y su madre le bajó el pozal grande de madera, donde ella fue depositando los trozos de hielo que habían quedado diseminados entre la paja de arroz, después de que su padre y hermanos hubieran cargado la tartana la noche anterior. La luz del sol entraba por las ventanas del pozo como por las vidrieras de una extraña catedral, llenando el recinto de reflejos azulados y verdosos. Después una vez lleno el balde, la madre pasó la cuerda por la carrucha y lo subió con grandes esfuerzos.

 

                 - Pero, chica, ¿Cómo has subido sin esperar a que te echase otra vez la cuerda? - le recriminó a su hija, cuando la vio aparecer por el pretil con la cara sonriente y orgullosa por la hazaña cometida.

 

                  - Xe, mare, què no veus que ja sóc major? Estic feta una nevatera (... ¿Che, madre, qué no ves que ya soy mayor? Estoy hecha una nevadera).

 

                  - A buenas horas... - pensó la señora Concha, presintiendo el poco futuro que le quedaba al "negoci".

 

                 Una vez en casa, trocearon el hielo y lo mezclaron con la sal, antes de introducirlo en la heladera. Después, la madre hecho el líquido de olor dulzón en el recipiente interior y lo cerró con la tapadera metálica.

 

                  - Venga, ahora tienes que mover el asa a un lado y al otro, así - le explicó a su hija -, y cuando vengan el padre y tus hermanos, ahí dentro habrá un riquísimo helado de turrón.

 

                   Y la chica se subió las mangas de su bata y se puso a mover la tapa de la heladera con el brío propio de la juventud y la ilusión.

 

                    - No has dit res, mere, gelat de torró (...No has dicho nada, madre, helado de turrón) - y se relamía de tan solo pensarlo -. I truita amb salsa. Quin sopar més bo! (...¡Y tortilla en salsa... Que cena más buena!).

 

                     - Y embutido...

 

                 - I què celebrem, mare? (...¿Y que celebramos, madre?).

 

                  Y la señora Concha se encogió de hombros.

 

                  - No lo sé, niña, pero algo celebraremos.

 

                 Cuando la tartana empezó a divisarse, allá por los altos del puerto, la señora Concha terminó de freír los tomates, les echó el contenido del mortero y puso todo a hervir. Después partió la tortilla en cinco partes y las puso dentro de la sartén, cuidando de que los cortes quedasen para afuera, de forma que no volvieran a pegarse los trozos, y esperó hasta que la salsa tomara el cuerpo que debía tener. Entonces apartó el guiso del fuego y esperó a que llegaran los hombres de la casa.

 

                  Los tres traían cara de pocos amigos.

 

                  - ¿Qué ha dicho el amo Andreu? - les preguntó, mientras se limpiaba las manos en el delantal.

 

                  - Res, que ja no hi ha negoci... (...Nada, que ya no hay "negocio").

 

                  - Venga, dejad los animales en la cuadra y venid a cenar - dijo la señora Concha, girándose para la casa con el fin de que su marido no viese la sonrisa que se pintaba en su rostro y que apenas podía disimular.

 

                 Dentro ya estaba la mesa puesta, como si fuera Navidad, con el porrón de vino, la fuente con la tortilla, una gran bandeja de embutido y la hogaza de pan junto al cuchillo grande, para que lo repartiera el padre, todo sobre un mantel blanco, con platos, cubiertos, vasos y servilletas.

 

                  - Redéu, truita amb salsa i botifarres. Què celebrem avui? Que és el teu sant, Conxa? (..."Re-Dios", tortilla en salsa y butifarras. ¿Qué celebramos hoy? ¿Qué es tu santo, Concha?) - exclamó el tío Pere de mala gana.

 

                  - ¿Qué os ha dicho el amo? - insistió la madre, mientras el hombre cortaba rebanadas de pan.

 

                  - Ja t'ho he dit. Que s'acabat el negoci. Que demà hem de tancar la casa i el pou i ens n'anirem a viure al poble... Això de la fàbrica era de veres. Eixe franxute fa neu de l'electricitat i el pou ja no fa falta... Ni nosaltres tampoc (...Ya te lo he dicho. Que se ha acabado el negocio. Que mañana hemos de cerrar la casa y el pozo y nos iremos a vivir al pueblo. Eso de la fábrica era de verdad. Ese francés hace nieve de la electricidad y el pozo ya no hace falta... Ni nosotros tampoco).

 

                  - Pero, ¿el señor Andreu te da trabajo en el pueblo?

 

                  - Sí, pèro el pou... (Sí, pero el pozo...) - comenzó a lamentarse el tío Pere, mientras sus hijos devoraban los trozos de tortilla que la madre había ido poniendo en sus platos.

 

                  - El pou està mort (...El pozo está muerto).

 

                  Y la señora Concha hinchó el pecho, mientras que con el tenedor cortaba un primer bocado de tortilla empapada en su salsa.

 

                  - Pues eso estamos celebrando, Pere, eso estamos celebrando. Que mañana bajamos al pueblo para siempre. Que viviremos en una casa llena de gente y de vecinos con los que hablar. Que tendremos luz por la noche, de esas bombillas eléctricas, que parece que siempre es de día. Que tus hijos irán a la escuela y podrán estudiar y hacerse hombres de provecho, y leerán libros y aprenderán cosas que nosotros ni nos figuramos. Que la niña tendrá amigas y que un día podrá escoger entre los buenos chicos del pueblo para hacer una boda decente y darnos nietos. Que nunca tendrá que parir a solas arriba de las peñas. Que tu y yo nos ganaremos la vida sin tener que morirnos de frío por los campos... Los domingos, por la mañana, te sentarás a la mesa para que te ponga el desayuno con churros del horno del tío Lisardo, y te traeré el periódico para que lo leas y te enteres de como va la guerra entre los franceses y los alemanes y los turcos esos, mientras nosotras, la niña y yo, vamos a misa y a hablar de tonterías con las vecinas, y los chicos se buscan novia...  Vamos a vivir de verdad... Y si el pou se ha muerto... pues que lo entierren.

 

                  Y el tío Pere levantó la vista del plato y se quedó mirando a su mujer al fondo de los ojos. Nunca se había preguntado cuál era su parecer en nada concerniente al negoci de la neu. Nunca pensó que la tenía secuestrada entre peñas, ni que pudiera haber otra vida que no fuera la que llevaban junto a su pou. Sus manos callosas y llenas de sabañones sabían de las peñas de la montaña más que su terca cabeza. Y ahora, cuando el pou ya era otra tumba, la tumba de la última nieve, como las tumbas de sus padres y abuelos, tan cercanas, cuando parecía que el mundo se hundía bajo sus pies, aquella mujer salía de su silencio de años y se le imponía con una fuerza irreductible, y lo llevaba de la oreja hacia la ineludible realidad.

 

                  Mecánicamente, cogió el porrón y bebió un largo trago de vino, antes de contestar.

 

                  - Tens raó, xiqueta. Demà baixaren al poble i viurem com a senyorets (...Tienes razón, chiquita. Mañana bajaremos al pueblo y viviremos como señores).

 

                  Y clavó el tenedor en su pedazo de tortilla, dispuesto a dar buena cuenta de él.

 

                  - Xe, quina truita més bona... (...¡Che! que tortilla más buena)... - pero no logró pintar una sonrisa en su cara.

 

                  Los chicos ya habían terminado sus raciones y habían mojado pan en la salsa hasta dejar sus platos relucientes. Ahora estaban cortándose grades trozos de butifarra para poner sobre sus rebanadas untadas de aceite.

 

                   - Trac ja la geladora, mare? (...¿Traigo ya la heladera, madre?).

 

                  - Sí, sí, niña, tráela ya.

 

                 Y la chiquilla apareció por la puerta de la cocina, arrastrando el aparato. Los dos chicos saltaron de sus sillas, fascinados por la vista de la heladora, y trajeron en volandas a la niña y su recipiente hasta el costado de la madre.

 

                  Concheta abrió la tapadera...

 

                 - És gelat de torró! L'ha fet la mare, però jo he baixat al pou per a traure el gel... jo soleta (...¡Es helado de turrón! Lo ha hecho la madre, pero yo he bajado al pozo para traer hielo... yo solita).

 

                  Y la señora Concha, con un cucharón, fue sirviendo grandes bolas de helado en los platos de postre.

 

                  El tío Pere se quedó mirando el hielo del aparato desmenuzado con sal.

 

                  - Aquesta neu és l'última que es trau del nostre pou, Conxa, l'última neu (...Esta nieve es la última que se saca de nuestro pozo, Concha, la última nieve).

 

                   Y ella le miró con una extraña sonrisa, a medio camino entre la contención y la complicidad. Y los sorprendió a todos expresándose en valenciano por primera vez en su vida.

 

                    - Això es de veres, Pere, aquesta és l'última neu (... Eso es verdad, Pedro, ésta es la última nieve).

 

                    Y nunca más volvió a hablarle en castellano.

 

 

 

 

Fin.

 

                  

 

                 

    

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