De "La Gastronomía de José Soler".

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Literatura Gastronómica.

 

 

"Una Comida en el Campo".

Autora...

Doña Elia Barceló.

II Premio Literario Gastronómico... Hotel Gastronómico "Pou de la Neu" 2005...

 

 

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Presentación.

 

                  "Pues resulta que el segundo ha sido un "plato de arroz"... Un "plato de arroz con conejo y caracoles... Entre el primero y éste, doce meses transcurridos, por lo que el apetito era grande, voraz, canino que dicen algunos... Sabíamos cuando se preparaban las viandas, por eso de acercarnos un poco a la cocina y sentir el calor y el aroma que de allí salían, que no nos iba a defraudar. O sea, lo sabíamos y entendíamos cuando leíamos las primeras líneas de "Una comida en el campo".

 

                  Los miembros del jurado del II Premio Literario Gastronómico coincidimos casi sin discusión, a pesar de la calidad, variedad, gusto y esfuerzo del resto de obras presentadas... Elia Barceló (...Elda, Alicante, 1957), bajo pseudónimo, había preparado un relato que entendía a la perfección la filosofía de ésta iniciativa del Hotel-Restaurante "Pou de la Neu"... Encajaba con su naturaleza... Una naturaleza, la de éste lugar y la de su historia, muy mediterránea... Confiamos en su buen juicio de lector para corroborar que hemos acertado... Nostalgia bien transmitida, el peso del pasado sin reproches, el amor y la tolerancia... El sabor de esas pequeñas osas que nos hacen lo que somos... Pasen sin preámbulos  a esta estupenda cita que les hemos preparado...".

 

Martín Sanz.

Marzo de 2006

 

 

 

 

"Una comida en el campo"...

Por Elia Barceló.

 

                  Echando una mirada satisfecha a su alrededor, se secó con el pañuelo el sudor que le humedecía la frente, comprobó de nuevo que faltaba más de media hora para que llegaran y suspiró con alivio. Todo iba bien. La cosa sería un éxito. O no. Pero el había cumplido con su parte, había hecho todo lo que estaba en su mano y más no podía hacer.

 

                  Agradeció con una sonrisa la caña que Antonia acababa de dejarle en la mesita de mármol, sacó el libro que llevaba en el bolsillo de la americana y releyó fragmentos de aquí y de allá, contrastándolos con el lugar que le rodeaba. Poco a poco su se fue relajando y su sonrisa se intensificó. Todo era perfecto. No tan igual como para que pareciera una mascarada, pero sí tan similar que el maestro no podría evitar sentirse transportado a su infancia, a su juventud.

 

                  "Teníamos un inmenso olivo que ya era viejo cuando nació mi abuelo y, bajo sus ramas, a su sombra, rayado por el sol de la una, tomábamos el aperitivo de los domingos después de un chapuzón en la balsa de riego donde el tío Zacarías había aclimatado los peces de colores escapados por la acequia del único estanque público de la ciudad... Los hombres podíamos elegir entre "vermút con Picón" y "anís paloma"... mientras las mujeres, entre viaje y viaje a la cocina, solían pedir "vino tinto con hielo, rebajado con sifón"... Al alcance de la mano, sobre la mesita de mármol blanco, se extendían las humildes viandas que nos permitirán hacer tiempo hasta el solemne momento de degustar la "paella"... Viandas tan mediterráneas que seguramente ya habían honrado la mesa de Ulises antes de emprender viaja hacia las costas de Troya: aceitunas adobadas con ajo e hinojo, almendras fritas en aceite de oliva y nevadas de sal, pan crujiente y dorado, tellinas abiertas al vapor y regadas con limón y perejil... el sol y el mar y el cielo azul hechos comida, ofrecidos, rotundos y sabrosos...".

 

                  Echó la cabeza atrás... El viejo olivo extendía sus ramas oscuras y nudosas contra el cielo azul de principios de mayo; sus hojas plateadas, como pintadas sobre el mediodía. Dio un sorbo a su cerveza y paso varias páginas leyendo frases al azar... Conocía toda la obra del maestro, se sabía incluso muchos fragmentos de memoria y sin embargo, cuando releía sus recuerdos, en especial los de los años jóvenes, los anteriores al exilio, no podía evitar volver a sentirse atrapado por el deseo de compartir esos alimentos a los que se refería el viejo, como si fueran algo muy especial, diferente a lo que él había comido siempre; por la necesidad de sentir el frescor del agua de la balsa de riego, medio oculta entre cañas, al que se refería en otro pasaje; por el anhelo de vivir momentos de un pasado que no estaba a su alcance ni lo estaría jamás, de una época, reelaborada hasta adquirir contornos de paraíso, que terminó aquel lejano mes de julio del 36... Con razón lo habían llamado el "maestro de la nostalgia"... A través de su prosa, tan sencilla, tan básica que casi ni se podía hablar de estilo, millones de personas de otros países del mundo habían sentido con él ese anhelo de conocer España mediterránea del interior, la que está cerca de la costa pero no tiene vistas al mar; el Alicante de los montes y las sierras azulados en el crepúsculo, olorosos a tomillo y cantueso; de los campos del verano, resecos al sol de mediodía, enloquecidos del fragor de las cigarras, pintados en un polvo suspendido en el aire como un jirón de niebla fantasmal; de los jardines nocturnos tomados por el perfume del jazmín y la madreselva, salpicados de luciérnagas azules bajo un cielo claro lleno de estrellas. El mundo de su infancia.

 

                  El maestro estaba a punto de cumplir los noventa años. Había nacido en Elda, en 1915, en una época en que las calles eran de tierra y no había alumbrado público, en la que las mujeres iban con cántaros a la fuente y aún había abrevaderos para las caballerías a la entrada del pueblo... Su familia era gente humilde: el padre era zapatero, los abuelos campesinos... Él fue el primero de los suyos en hacer el bachiller y, más tarde, cuando un golpe de suerte permitió a su padre montar una modesta fábrica de calzado y mejorar de posición, la carrera de filosofía y letras en Madrid, que lo puso en contacto con los brillantes intelectuales de su generación.

 

                  Después vino la guerra y el exilio, y las primeras novelas publicadas en México. Más tarde la etapa de Estados Unidos, los puestos docentes en pequeñas universidades americanas, el matrimonio con Stella, hija del gobernador de Montana, la cátedra, más novelas, el éxito internacional, la temprana muerte de su esposa, los años de soledad, el nuevo matrimonio, esta vez con una pintora francesa -Monique Delpoux-, la etapa de Suiza enseñando literatura hispánica en Lausanne, la nominación al Nobel, la jubilación, una nueva viudez, y ahora, como culminación de su larga carrera, el Premio Cervantes.

 

                  Nunca había vuelto a España, a pesar de que su recuerdo permeaba toda su obra, a pesar de que en todas las entrevistas que había concedido en su vida se declaraba mediterráneo hasta la médula, ciudadano del mundo, pero mediterráneo...

 

                 "Es algo que no se puede evitar, ¿comprende?"... había contestado en alguna ocasión... "Es algo que imprime carácter y que se lleva dentro, independientemente de cuanto tiempo lleve uno lejos de casa, de cuantas lenguas hable, de cuantas puestas de sol le hayan emocionado en otros mares, de cuanta comida de diseño haya podido degustar en su vida".

 

                  Y ahora, por fin, don José Sánchez Vera iba a volver por unas pocas horas a sus orígenes y él, Joaquín Herrero, humilde profesor de literatura de la universidad de Alicante, había movido cielos y tierras para ofrecerle un domingo como los de su juventud.

 

                  Dentro de unos minutos empezarían a llegar los pocos comensales que tendría el honor de compartir esa comida con el maestro. No había sido fácil limitar el número porque, tanto si conocían su obra como si no, había muchas personas que habrían considerado un insulto no estar presentes en una ocasión tan señalada, de modo que había tenido que transigir y, en lugar de organizar una comida casi íntima como la que había soñado, había tenido que prepararlo todo para dieciséis personas: el acalde de Alicante y el de Elda, el concejal de cultura, el rector y el decano, el jefe del departamento de Hispanística, todos con sus esposas, el homenajeado, su secretario, el catedrático americano que los acompañaba y él mismo. No había podido ser menos. Esperaba que don José fuera capaz de soportar el calor, la conversación y la atención de tantas personas puesta en él. Al fin y al cabo, tenía noventa años y venía directamente de Madrid, de recoger el premio.

 

                  Miró de nuevo el reloj y se puso en marcha con cierta renuencia; se estaba bien allí, a la sombra del olivo, saboreando la cerveza helada y la sensación de que lo había conseguido, pero el polvo levantado que cubría la entrada del camino junto a la carretera, dejaba bastante claro que empezaban a llegar las personalidades invitadas, de modo que llevó el vaso vacío a la cocina, informó a Antonia de que la gente estaba a punto de llegar, para que fuera avisando a las chicas que irían sirviendo la comida, y salió al patio a decírselo al cocinero.

 

                  A punto y de llamarlo, se dio cuenta de que no sabía su nombre -¿Ramón? ¿Román? ¿Fernando?-, sólo estaba seguro de que llevaba una erre por algún lado, así que optó por acercarse sin más y darle una palmada en el hombro. El hombre se volvió sonriente.

 

                  - ¿Todo listo?

 

                  - Todo listo. ¿Han llegado ya?

 

                  - Los primeros estarán aparcando.

 

                  - Pero ¿se puede saber por qué estás tan nervioso? - preguntó el cocinero, ofreciéndole un botellín de cerveza que había sacado de una nevera portátil.

 

                  Joaquín negó con la cabeza.

 

                  - Porque para mí es muy importante; yo a don José lo admiro desde los trece años. Si estudié literatura fue por él. Bueno, y para mi universidad también es algo importante.

 

                  - Pues no te preocupes, hombre. Soy un profesional. Suelo cocinar para muchos más.

 

                  - Claro, claro. Voy a ver si han llegado ya.

 

                  - Sí, anda, vete, que yo lo tengo todo controlado.

 

                  Volvió a entrar en la casa -¡qué frescor, qué deliciosa oscuridad!- pensando que le habían aconsejado bien. Román o Fernando o como se llamara era el jefe de cocina del "Pou de la Neu" (..."Pozo de la Nieve"), al parecer uno de los mayores expertos en cocina mediterránea tradicional. No podía haber conseguido nada mejor para la comida-homenaje de don José, para la receta que había hecho inmortal en su primer libro de memorias "Recuerdos de la inocencia". De hecho era una de las especialidades del restaurante: "arroz con conejo y caracoles", igual que había sido la especialidad de doña Matilde, la abuela de don José.

 

                  Sólo que ella le echaba también unos garbanzos que el novelista recordaba como unos de los grandes manjares de su vida en combinación con los demás ingredientes y que le habían costado un buen rato de debate con el chef. Pero al final había estado dispuesto a complacer al gran hombre y añadir los garbanzos al arroz que prepararía al modo tradicional, al aire libre, sobre un buen fuego de sarmientos.

 

    Cuando salió de nuevo a la marquesina, a repasar por enésima vez la mesa, que había sido puesta siguiendo las indicaciones del libro -hule en vez de mantel, servilletas blancas de tela, platos de loza, vasos de vidrio pintado- ya se acercaban bordeando la balsa los primeros académicos: Ricardo Guillén, rector desde hacía apenas dos meses, junto con su esposa, y Mario Sagasta, el decano, también con su mujer. Por lo que parecía, ambas parejas habían venido juntas y a las señoras ya se les oía comentar lo curioso que resultaba que aún quedaran casas de campo tan primitivas como aquella y cómo se les había ocurrido organizar una comida homenaje en un lugar que estaría lleno de moscas, en vez de reservar un comedor privado en algún restaurante con aire acondicionado y carta internacional.

 

       Pero en el momento en que el rector abría la boca para contestarles, se apercibió de la presencia de Joaquín, volvió a cerrarla y empezaron los saludos.

 

                  Poco después, mientras los primeros empezaban a elegir el aperitivo que querían tomar -más comentarios de las damas por la patente ausencia de Jerez seco, Campari y Martini- llegaron también Alfonso Arias, su jefe de departamento, con Mari, su mujer, que trabajaba en Historia Contemporánea.

 

 

 

 

               Poco a poco fueron apareciendo también el concejal y los alcaldes... y, a las doce cuarenta ya sólo faltaba el homenajeado y sus acompañantes...

 

                  - ¿No habría sido mejor mandar a alguien al aeropuerto a recogerlos? - preguntó el rector, extrañado.

 

                  - Habría ido yo mismo -se apresuró a contestar Joaquín-. Pero el secretario me dijo que don José se siente más cómodo sabiendo que no lo espera nadie; que ya tenían reservado un coche de alquiler y vendrían directamente; que el maestro prefería enfrentarse a solas con este paisaje, que no ha visto desde hace setenta años, sin tener que comentarlo con nadie.

 

                  - Es comprensible -masculló el decano-. Al pobre se le van a caer todos los cuadros en cuanto vea en qué se ha convertido este paisaje que él tiene idealizado.

 

                  - No exagere, hombre -intervino Tomás, el concejal de cultura-. Hemos seguido la misma evolución que en todas partes: hay más carreteras, más edificios altos, más centros de compras y campos de golf... pero en la base, en la base, el paisaje sigue como estaba: las montañas grises en un paisaje gris, que decía Azorín, la falta de árboles y verde, y este cielo azul que es un regalo.

 

                  - Para don José las montañas nunca han sido grises. Él las recuerda azules, malvas, rosadas, pardas a veces, pero grises jamás. En un par de ensayos comenta que su tocayo, Azorín también se llamaba José, veía las cosas grises porque él mismo era gris.

 

                  Sonaron unas risas y Joaquín continuó:

 

                 - Señores, supongo que ya lo saben todos, pero lo que estamos haciendo es ofrecerle a nuestro Premio Cervantes un retazo de su juventud. Me ha costado bastante encontrar una casa de campo que se pareciera a la que tenían los abuelos de don José, con su gran olivo, su balsa de riego bordeada de cañas, su jardín de árboles frutales y sus viñas. He tratado de recrear hasta cierto punto la imagen que él ha conservado y que fijó en varios de sus libros de recuerdos. He conseguido incluso encontrar un cocinero especializado en cocina mediterránea tradicional y lo he convencido de que cambie un poco su receta para acercarse a la que solía cocinar la abuela del autor. Hasta la mesa está puesta del modo que él describe y en cuanto llegue empezarán a sonar zarzuelas en ese tocadiscos que ven ahí en el rincón y que es la música que él asocia con esos domingos de su juventud.

 

                  - Cuando le presenté mi proyecto a mi jefe de departamento y luego al decano y después al rector, me ofrecí para hacerlo todo yo solo, al mejor precio posible y con el mejor resultado. Espero que no se sientan decepcionados.

 

                  Sonaron unos aplausos y Joaquín, viendo las sonrisas de los presentes, decidió que podía relajarse un poco hasta el momento de volver a tensarse, cuando llegara el maestro...

                  En el Audi que acababan de alquilar en el aeropuerto de Alicante se estaba bien, pero Matthieu no dejaba de echar miradas a su derecha por el rabillo del ojo. Al jefe se le habían saltado las lágrimas nada ver desde el aire el monte con el castillo, lo que no era demasiado raro, ya que últimamente lloraba con bastante frecuencia cuando algo lo emocionaba y ahora ni siquiera le avergonzaba, como unos años atrás. Se había limitado a sacar el pañuelo, pasárselo por los ojos y seguir mirando como si nada lo que debía ser el nombre de la montaña: "el Benacantil, el Benacantil".

 

                   Nadie había venido a recogerlos, como habían pedido ellos mismos, y después de media hora, que el jefe y el doctor Thomkins habían pasado en la cafetería, mientras él iba a hacer la reclamación del equipaje, que por misteriosas razones al parecer no había sido embarcado en el mismo vuelo, había conseguido el coche y se habían puesto en marcha. Desde entonces el viejo seguía sin decir palabra, con el pañuelo apretado en el puño derecho y los ojos volando de izquierda a derecha tras las gafas oscuras que protegían sus ojos, ya débiles de la fuerte luz del Mediterráneo.

 

                   - ¡Cuánto ha cambiado esta carretera! -Dijo por fin cuando remontaban una cuesta que llevaba el enfático nombre de "puerto", lo que para un suizo como Matthieu, resultaba poco menos que ridículo con sus apenas cuatrocientos metros-. En mi recuerdo, de Elda a Alicante se podían tardar tres horas, dependiendo del coche.

 

                  - Pues debemos de estar ya al llegar, si me han dado bien las indicaciones.

 

                  - Sí. Estamos al llegar. Eso de ahí, a la izquierda es el Santuario de Santa María Magdalena.

 

                   - Buena memoria, jefe.

 

                  - Hay cosas que no se olvidan, muchacho. Ahora mismo llegaremos al valle donde los montes tienen nombre.

 

                  - Todos los montes tienen nombre. -A Matthieu, a pesar de llevar más de tres años trabajando para él, le seguían pareciendo entre crípticas y seniles ciertas ocurrencias del jefe.

 

                  - Explícaselo tú, Dick.

 

                  El profesor Thomkins, desde el asiento trasero, suspiró como solía hacer antes de hablar.

 

                  - Joe se refiere a que en el lugar donde has nacido aprendes sin darte cuenta los nombres de los accidentes del terreno y eso conforma tu geografía particular, la que te marca desde niño. Cuando, ya de adulto, te trasladas a otro lugar, tienes que aprender como se llaman los montes y los ríos, si sientes interés en hacerlo, pero nunca es lo mismo porque esos nuevos nombres no están conectados con vivencias básicas de tu periodo de crecimiento y maduración. ¿No es cierto, Joe?

 

                  - Exacto. Yo hace setenta años que no he visto el valle donde nací, pero los nombres permanecen... la silla de El Cid, la sierra del Caballo, Bateig, Bolón, Cámara... y el Vinalopó cruzándolo como una cinta azul que refleja el cielo.

 

                  Matthieu no contestó y tomo la desviación que indicaba Elda y Petrer, mientras el jefe volvía a pasarse el pañuelo por los ojos.

 

                 Era un espléndido día de primavera, de primeros de mayo, soleado y transparente, con un cielo terso, sin una nube. El maestro se había enderezado en su sillón y miraba lo que se ofrecía a su vista como si acabara de entrar en el paraíso y no quisiera perderse detalle. A Matthieu, sin embargo, todo le parecía anodino, levemente vulgar, prescindible. Habría preferido quedarse más tiempo en Madrid.

 

                  - Hemos llegado -anunció, cortando el contacto-. A ver si sale alguien a recibirnos.

 

                 Joaquín hizo una inspiración profunda, se estiró la americana y, disculpándose a toda velocidad, salió hacia el camino donde un gran Audi plateado acababa de aparcar. Estaba más nervioso de lo que hubiera creído posible y, a pesar de haberlo ensayado cientos de veces, no conseguía recordar qué era lo que había pensado decirle al maestro al darle la bienvenida.

 

                 Quería decir algo solemne, original, lleno de significado, que hiciera que el gran hombre se fijara en él, que adivinara lo que aquello era para Joaquín Herrero, que supiera que no era un simple organizador de eventos al servicio de la universidad de Alicante... pero cuando lo vio bajar del coche, apoyado en su bastón, con las gafas oscuras y la expresión maravillada del que ha vuelto a un lugar que creía perdido para siempre, todo se borró de su mente y no consiguió más que tenderle la mano y balbucear.

 

                  - Bienvenido, maestro. Bienvenido a casa.

 

                  Un instante después había pasado su momento y tuvo que concentrarse en ir presentándole a todas las personalidades que pugnaban por estrechar la mano del flamante Premio Cervantes. Lo dejó rodeado de gente para la que no era más que un escritor importante, una gloria nacional, y se marchó de nuevo a la cocina para decirle al cocinero que ya podía ir echando el arroz.

 

                  Cuando regresó, vio que le habían dejado un asiento al final de la mesa, lo más alejado posible de don José, pero al menos en el lado opuesto, donde podía verlo durante la comida, de modo que se sentó discretamente, sin interrumpir la conversación que, en los pocos minutos que llevaba fuera, ya había recaído en el legado del maestro, que la universidad de California estaba a punto de comprar.

 

                  - Como no he tenido hijos -estaba diciendo el autor- y mis buenos amigos... o han muerto ya... o tienen mi edad, lo más sensato será dejar mis papeles y los derechos de todos mis libros a una institución que los conserve adecuadamente y los ponga a disposición de los investigadores que los necesiten... - Para ser un hombre de casi noventa años, su voz era firme y agradablemente grave...

 

                  - Y ¿por qué Estados Unidos? -estaba preguntando ahora el rector.

 

                  Don José se encogió de hombros.

 

                  - Allí pase muchos años de mi vida. Ellos me acogieron cuado tuve que marcharme de España. Y, además, ellos preguntaron primero, ¿verdad Dick?

 

                  El profesor Thomkins, eminente hispanista, bien conocido por los especialistas en literatura presentes en la mesa, sonrió.

 

                  - Sí. Llevamos muchos años detrás de que nos firme de una buena vez los documentos necesarios. Pero parece que ahora va en serio y pronto podremos incorporar su legado a nuestra biblioteca... - Hablaba un buen español, de acento mejicano, y parecía genuinamente contento de haber conseguido por fin su objetivo.

 

                   - ¿Y no ha pensado en dejar a la universidad de Alicante ese legado, maestro? Al fin y al cabo, esta es su tierra y a nosotros nos honraría mucho, aunque supongo que nunca podríamos pagar tanto como la universidad de California.

 

                   - Don José hizo un gesto con la mano.

 

                   - El dinero no tiene ninguna importancia, profesor... perdone, no he retenido su nombre...

 

                   - Arias -se apresuró a precisar el jefe del departamento de hispanística.

 

                   - Profesor Arias, yo ya soy muy mayor, no tengo descendencia, tengo más dinero del que podré gastar en mi vida...

 

                   Interrumpieron la conversación las dos muchachas que llegaban cargadas con unas bandejas de quisquillas.

 

                   Durante unos momentos hubo un silencio cómodo en el que cada comensal se dedicó a pelar las suyas.

 

                   - ¡Qué delicia! -Dijo don José-. Ni me acuerdo de cuanto tiempo hacía que no había probado ese manjar. Es increíble que algo que no está más que cocido en agua con un poco de sal, pimienta y laurel pueda estar tan delicioso. Debe ser de lo poco que no ha cambiado desde mi juventud. Entonces, algunos días de fiesta, también comíamos quisquillas hervidas y almendras saladas y olivas... todo lo que llena esta mesa. Y luego, mi abuela Matilde, ayudada por alguna de las chicas, traía la paella para que la admiráramos antes de empezar a repartir: arroz con conejo y caracoles, y garbanzos. - Suspiró y se pasó el pañuelo blanco por debajo de las gafas de sol que no se había quitado aún.

 

                  - Exactamente el menú de hoy -intervino Joaquín, sin poder quitar de su voz un algo de orgullo.

 

                  - ¿De verdad muchacho? ¿Ha sido suya la idea del menú? ¿Cómo ha sabido...?

 

                  - Soy un fiel lector suyo, maestro.

 

                  - ¡Ah!... "Recuerdos de la inocencia", ¿verdad?

 

                  - Ese. Y "Memorias de la huída" y muchos otros. Quería que, para una vez que está usted aquí, de vuelta después de tantos años, no todo le resultara diferente. Quería que aún pudiera conectar con el pasado.

 

                   Don José asintió con la cabeza dos o tres veces, en silencio, alargó la mano hacia su vermut -un auténtico Cinzano que a Joaquín le había costado semanas encontrar, porque había dejado de fabricarse años atrás-, tomó un trago y se quedó mirando el olivo como si el sabor y la vista le estuvieran comunicando unas noticias que que sólo él podía escuchar.

 

                  Al cabo de un momento, empezó a sonar "Luisa Fernanda" muy bajito, para permitir la conversación, y en el rostro de don José se dibujó una sonrisa.

 

                    - Sólo falta que haya por aquí cerca una balsa rodeada de cañas y unos cuantos muchachos bañándose -comentó en voz soñadora.

 

                     - La hay, don José. Sin muchachos, que yo sepa, pero la hay -Joaquín le sonreía desde el otro extremo de la mesa-. Si quiere verla...

 

                      El escritor deslizó las gafas oscuras hasta la punta de la nariz para que el joven profesor pudiera ver su guiño.

 

                  - Luego, hijo. Cuando se sirva el café. Como a mí no me conviene...

 

                 La conversación derivó hacia diferentes temas de interés general y nadie pareció darse cuenta de que don José apenas participaba, como si sólo su cuerpo siguiera entre ellos, mientras que su espíritu se había marchado en un viaje al pasado y vagaba por un jardín perdido en el tiempo.

 

                Aquella casa era tan parecida a la de sus abuelos que se sobreimponía a las imágenes que llevaba casi tres cuartos de siglo conservando en la memoria y en el corazón... imágenes de la casa de campo de su familia entremezcladas con recuerdos de la casa de campo de los padres de Herminia: paredes blancas, olivos de plata, buganvillas desmesuradas cubriendo los muros como una espuma de fresa; el paseo de las viñas emparradas al caer la tarde con el bordoneo de las avispas junto a los racimos de uvas blancas que lentamente se iban volviendo doradas; el cenador de manises azules y verdes rodeado de jazmines de olor; los albaricoques verdes y las brevas maduras y los higos rayados... y, luego las granadas reventando en el árbol, enseñando su tesoro, y los domingos de otoño vareando la aceituna, la última ocasión hasta el verano siguiente de ver a Herminia en el campo, con un poco más de libertad, con menos formalismos.

 

                  Nunca había escrito sobre Herminia, en ninguno de sus libros. Sólo él recordaba sus ojos negros, su pelo que tenía el brillo de las castañas, sus dientes tan blancos y los hoyuelos que se le formaban en las mejillas cuando sonreía. Herminia, su novia de juventud, que quedó atrás en el sumidero horrendo de la guerra, cuando el padre se negó a marcharse como ellos, porque no había hecho nada malo, porque no tenía nada que temer. Nunca más supo de ella, aunque varias veces lo intentó desde el extranjero. Ahora tendría ochenta y siete años, si aún vivía y estaría, como él, marcada por la vida, desgastada su sonrisa por tantos sufrimientos, por tantas pérdidas y abandonos y muertes. Ni siquiera habló de ella en su primer libro de recuerdos, porque era la única forma que conocía de preservar su inocencia, la transparencia de su amor adolescente.

 

 

 

 

 

 

                  En una casa como ésta misma en la que estaba ahora de viejo, en una marquesina como ésta, al otro lado de una mesa cubierta por un hule blanco y rojo, descubrió a Herminia un día de verano, a pesar de que la conocía desde su nacimiento. Un domingo de junio, a la hora de comer, sus miradas se cruzaron y de repente un relámpago negro lo dejó sin aliento. La fastidiosa niña de las trenzas que unos veranos atrás lloraba y pataleaba cuando no la dejaban bañarse con los chicos se había convertido de pronto, sin que él lo advirtiera, en una espléndida mujer que se sonrojaba cuando sus ojos se encontraban.

 

                  Unos aplausos lo sacaron de sus recuerdos y tuvo que parpadear violentamente para regresar al presente en el que un hombre y una mujer agarraban las asas de una enorme paella para mostrar el tesoro azafranado que destellaba al sol.

 

                  - Hazle una foto, Matthieu -pidió don José a su secretario-. Haz fotos de todo para que pueda tenerlo siempre presente.

 

                  - Usted siempre ha dicho que las fotos destruyen los recuerdos, jefe.

 

                  - Tu haz las fotos y déjame a mí con mis contradicciones.

 

                  El primer plato fue para el homenajeado y todos lo animaron a dar su aprobación antes de servir a los demás. El escritor adelantó la nariz sobre el arroz y lo olió profundamente, como respirándolo, ayudándose con una mano que, formando un cuenco, llevaba el aroma hasta sus fosas nasales.

 

                  - En su punto de sal y de romero. Y hecha al fuego... con sarmientos. Perfecto -dictaminó-. Herencia de mi abuela -añadió, divertido, al ver las caras de sorpresa de los demás comensales-. Por eso es tan fastidioso cocinar para mí, porque ya por el olor se cómo está la comida y a veces eso me basta. Vamos a probarlo.

 

                  Se llevó el tenedor a la boca, cerró los ojos y sonrió.

 

                  - Mis respetos señor cocinero. Mi abuela Matilde, que en paz descanse, estaría orgullosa de usted.- Se puso de pie y le tendió la mano al chef, mientras los presentes aplaudían. -¿Sería mucho pedir que me guardara una ración pequeña para esta noche o para mañana?... Si ahora está bueno, al cabo de unas horas estará superior. De niño siempre me guardaba lo que sobraba, y mi abuela que era un ángel, siempre se las arreglaba para que sobrara algo..

 

 

 

 

 

                  La conversación continuó mientras don José paladeaba su arroz y contribuía ocasionalmente con algún monosílabo. El sabor del arroz, su olor a campo, a fuego y a vida había despertado sus recuerdos como el y la magdalena de Proust, y no conseguía ni deseaba concentrarse en lo que sucedía en el presente a su alrededor.

 

                  Siguió comiendo despacio, disfrutando de cada bocado que parecía llegarle directamente desde el tiempo de la inocencia hasta que, con un gesto de lástima y resignación, dejo el tenedor sobre el plato.

 

                  - No soy capaz de más... ¡Maldita vejez!

 

                  Entonces, como si se hubieran puesto de acuerdo, empezaron a sonar varios móviles y tres personas, entre ellas Matthieu, se levantaron de la mesa para poder hablar sin molestar al resto. Al cabo de unos momentos, regresó el secretario.

 

                 - Don José, parece ser que nuestras maletas acaban de llegar al hotel. Tengo que ir a identificarlas. ¿Quiere quedarse un rato o prefiere venirse ya conmigo y tumbarse un poco?

 

                 Joaquín miró intensamente al maestro. Había deseado tener un rato de charla con él y ahora, si aceptaba la proposición de su secretario, ya no sería posible.

 

                 - También puede tumbarse un rato aquí mismo, si tiene costumbre, maestro -dijo, antes de haberlo pensado-. Antonia ha puesto una cama limpia por si acaso. Y luego le puedo enseñar la balsa, el jardín, el huerto, las viñas...

 

                  - ¿También hay viñas?

 

                  Joaquín asintió con la cabeza y el escritor se giró hacia su secretario.

 

                  - Vete, Matthieu y haz lo que tengas que hacer. De momento no te necesito, y tengo el móvil. Tómate la tarde libre, si quieres, ya te llamaré para que me recojas. Y, ya que estamos -bajo la voz y se acercó al oído del joven- llévate también a Dick, que está muerto de sueño.

 

                  - ¿Seguro, don José?

 

                  - Seguro, seguro. Este muchacho me hará compañía, ¿verdad?

 

                  - Por supuesto, maestro -dijo Joaquín, encantado.

 

                  - Señores -el escritor se puso de pie-. Voy a estirar un poco las piernas con el amigo...

 

                  - Herrero. Joaquín Herrero.

 

                  - El médico me ha prohibido los dulces y el café, de manera que ojos que no ven... pero ustedes disfruten ahora que aún son jóvenes. -Se cogió de brazo de Joaquín y empezó a alejarse de la mesa sin saber a donde iban, dejándose llevar por él.

 

                  - Herrero... -Repitió, cuando dejaron atrás la marquesina-. Yo tuve un buen amigo que se llamaba así. Francisco Herrero. Un hombre honrado. Lo fusilaron.

 

                  - Fusilaron a mucha gente honrada.

 

                  - Por eso nos fuimos.

 

                  - Mire don José, la balsa.

 

                  Agachándose un poco bajo las ramas de una higuera centenaria, se asomaron al borde de cemento que en la otras tres partes estaba bordeado de cañas y contemplaron el agua verdosa, llena de reflejos entre sol y sombra y recorrida por ágiles libélulas.

 

                  - En una balsa así me bañé yo todos los veranos de mi infancia y mi juventud. Aún recuerdo la sensación resbaladiza del limo del fondo y las paredes. También nos mojábamos en las acequias, que entonces estaban llenas de hierbas comestibles y hojas que se podía echar en la ensalada. Y cuando llovía, acompañaba a mi tía Angustias a buscar caracoles, para el arroz. Pero los serranos eran difíciles de encontrar. Recuerdo que los ponía en un cacharro con agua y sal y romero, con una tapadera con agujeros, donde acababan todos pegados al día siguiente. No sé por qué mi tía decía que eso era "engañar" los caracoles y que había que hacerlo antes de echarlos al arroz. Me vienen tantas cosas a la cabeza sólo e estar aquí... Esta vibración de las cigarras... chicharras las llamábamos entonces... las cazábamos, las metíamos en cajitas de mixtos...

 

 

 

 

 

 

 

 

                  - Y el canto de las ranas por la noche -colaboró Joaquín.

 

                  - ¿Usted también lo recuerda? -pregunto don José agradablemente sorprendido.

 

                  - A través de sus textos. Cuando yo nací, parece que ya no quedaban ranas por la zona.

 

                  - ¿Cuántos años tiene usted, Herrero?

 

                  - Veintiocho.

 

                  - ¡Dios mío! Ya ni me acuerdo de cuando los tenía yo.

 

                  - Estaba usted recién llegado a Estados Unidos y trabajaba en su tesis doctoral. Aún no había conocido a Stella.

 

                  - ¿Y usted cómo lo sabe?

 

                  - Porque he hecho la mía sobre usted.

 

                  Los dos sonrieron.

 

                - ¿Y no se le ocurrió ponerse en contacto conmigo, como hacen casi todos los doctorandos?

 

                  Joaquín negó con la cabeza.

 

                 - ¿Quién soy yo para robarle su tiempo?... Usted siempre ha dicho que lo importante que tenía que comunicar está en sus libros. -Hubo un silencio-. Además, ¿para que voy a engañarle? Sencillamente no me atreví, me dio vergüenza.

 

                 - Y ahora, ¿qué hace? ¿Le sirvió al menos de algo haber hecho la tesis? -Joaquín tuvo la impresión de que el maestro, con toda delicadeza, quería hacerle llevadero el momento de incomodidad, cambiando de tema.

 

                  - Lo normal. No mucho. Tengo un contrato para un año más. Luego... ya veremos. Mi mujer trabaja en un banco y al menos tenemos un sueldo fijo.

 

                  - ¿Hace mucho que se casaron?

 

                  Joaquín metió las manos en en los bolsillos del pantalón y bajó la cabeza hacia los reflejos del agua que parecía lamerle los zapatos.

 

                  - No llega a seis meses. Justo después de leer la tesis. Pero nos conocemos de toda la vida; nuestros padres ya eran amigos. Venga, don José, déjeme enseñarle todo esto. O ¿prefiere tumbarse un poco y que se lo enseñe más tarde, cuando baje un poco el sol?

 

                  Don José se pasó el pañuelo por la frente.

 

                  - Ser viejo es un fastidio, hijo. La verdad es que sí que me gustaría tumbarme un rato, pero no me apetece ir a despedirme de todo el mundo.

 

                  - Eso puedo arreglarlo yo, si me da permiso.

 

                  - Con muchísimo gusto.

 

                  - Pues entonces, yo voy a decirles que usted se retira un rato y que si se quieren ir, no hay problema...

 

                  - ¡Bravo!

 

                  - Y usted entra en la casa por la puerta del patio, ahí, ¿la ve? y me espera en la cocina. ¿Le parece?

 

                  Caminaron juntos hasta la esquina y luego, como conspiradores, se separaron. El escritor, sintiéndose como un chiquillo cometiendo una fechoría, abrió la puerta del patio y aspiró el intenso aroma del fuego de sarmientos, ahora apagado; echó una mirada fugaz a una enorme despensa de cacharros antediluvianos que le habría gustado investigar con detenimiento y se deslizó lo más rápida y silenciosamente que pudo hasta la cocina, donde ya lo esperaba Joaquín con una sonrisa traviesa.

 

                  Se quedó un momento pasmado en el comedor, mirando un aparador que casi recordaba de su infancia y después un pasillo con un dibujo geométrico que no había visto desde su juventud. Luego entraron en una habitación en penumbra donde Antonia se afanaba destapando una gran cama de matrimonio con cabecera y pies de madera oscura con dibujos de flores de maquetería.

 

                  Don José tomó asiento en un sillón de terciopelo verde y empezó a aflojarse las cordoneras de los zapatos con cierta dificultad.

 

                  - ¿Me permite? -Joaquín se agachó ágilmente.

 

                  - Faltaría más, muchacho. Aún puedo, aunque me cueste.

 

                  Joaquín se levantó, violento, y se puso a mirar las fotografías enmarcadas que adornaban el comedor. Le llamó la atención la de una chica preciosa, de grandes ojos negros y hoyuelos en las mejillas.

 

                  - Es mi tía abuela Herminia -dijo Antonia, siguiendo la dirección de su mirada-. Bueno, lo habría sido. Murió en Valencia cuando la guerra, en un bombardeo, a los diecisiete o dieciocho años, creo.

 

                  El maestro, luchando con su bastón, se puso en pie con la cara desencajada y se acercó al tocador con pasos de ciego. Se quitó las gafas oscuras, cogió la fotografía de la muchacha y se la acercó a su rostro.

 

                  - ¿La conocía usted? -preguntó Antonia, como si no se diera cuenta de la turbación del anciano.

 

                  Él asintió con la cabeza lentamente y se dirigió a la cama sin soltar la foto.

 

                  - Necesito descansar un rato, Herrero. Haga el favor... -dijo con voz estrangulada.

 

                  Joaquín le lanzó una mirada a Antonia y salieron del cuarto, dejando sólo al maestro.

 

                 Tumbado en la amplia cama, sobre unas sábanas que olían a manzanilla, el mareo cedió al cabo de unos segundos. Entre sus dedos, Herminia le sonreía, dulce y traviesa, a través del abismo del tiempo y de la muerte. Herminia joven, intacta, pura y perfecta como él la recordaba.

 

                 Tenía dieciocho años cuando él se fue, pero sus padres no consintieron en una boda apresurada y les pidieron que esperaran a que la situación volviera a normalizarse. Eran tan jóvenes que a nadie le pareció un gran sacrificio: dos o tres años, cuatro a los sumo; el tiempo de preparar el ajuar, de vestir la casa.

 

                  Durante décadas, a pesar de sus dos matrimonios felices, había pensado en ella, se había preguntado que habría sido de su vida, con quién se habría casado, cuántos hijos tendría, si se acordaría de él de vez en cuando. Ahora tenía la respuesta. Setenta años después, Herminia joven e inocente como entonces, seguía siendo su novia y él, después de dar la vuelta al mundo, había regresado al hogar, como Ulises, a encontrarse con ella, con ese dulce fantasma que lo esperaba entre las paredes blancas de la casa de campo donde, ahora se daba cuenta, habían jugado juntos. Un círculo perfecto. Como la paella de hierro que contiene la comida entera.

 

                   Sin poderlo evitar se echó a reír por lo absurdo de la metáfora. ¿Qué dirían sus más rendidos críticos, los que hablaban de su inimitable estilo del pensamiento sanchezveriano, si supieran las estupideces que, como a todo el mundo, se le ocurrían?

 

                  Siguió riéndose, feliz, relajado, sosteniendo la foto de Herminia entre los dedos, sabiendo que ella se reía con él. Ella, que era capaz de admirarlo sinceramente y a la vez de no tomarlo en serio. Un equilibrio difícil que ni Stella ni Monique consiguieron nunca dominar.

 

                  - He vuelto, chatita -susurró, usando una palabra que estaba de moda en los años treinta y que creía olvidada- y ahora soy un hombre importante.

 

                  Casi podía ver cómo ella le sacaba la lengua y echaba a correr para que él la alcanzara en el cenador.

 

                  - Don José -sonó la voz de Herrero, preocupada- ¿se encuentra bien?

 

                 - Hace siglos que no me encuentro tan bien, muchacho. Le juro que me siento como si tuviera setenta años. ¿Qué hora es? ¿Me he perdido ya el atardecer?

 

                  - No. Creo que no. La verdad es que no me he dado cuenta.

 

                 - Es el momento más importante del día. Hay que asistir a la puesta de sol. Ese es el secreto de mi longevidad: la cantidad de puestas de sol que he visto conscientemente en esta vida. Acompáñeme.

 

                  Salieron de la casa a una luz ambarina, aun cielo que se irisaba de lavanda, melocotón, azafrán, índigo y turquesa. El disco refulgente del sol rozaba ya la silueta de Bolón, negra como los recortables de los belenes de la infancia.

 

                  En silencio, apoyados en el tronco de un granado, contemplaron su marcha hasta que desapareció, dejado un borde carmesí en el horizonte.

 

                    - Con Monique -dijo el maestro en voz baja, como si temiera romper la magia del momento-, he visto centenares de puestas de sol sobre el lago. En casa tenemos un pequeño mirador, con una mesa y dos sillones, que construimos a propósito para eso. Es una costumbre que le recomiendo mucho, Herrero. Da paz interior, nos recuerda la belleza del mundo... e, indirectamente, nuestra pequeñez... y, a la vez nuestra importancia, aunque no sea más que como contempladores, ya que, sin nosotros, la belleza de ésta puesta de sol no habría existido.

 

                     Lo cogió por el brazo y volvieron a dirigirse a la marquesina.

 

                     - Estoy empezando a ponerme trascendental e insoportable. Vamos a ver el cenador, si aún existe.

 

                  - ¿Usted conoce esta casa?

 

                  El maestro se echó a reír.

 

                  - Pasé gran parte de los veranos de mi infancia aquí. Los dueños eran buenos amigos de mis padres. No me había dado cuenta cabal hasta hace un rato. Yo creía recordarlo todo perfectamente y ni siquiera la he reconocido al llegar. Pero setenta años son muchos años, lo recuerdos se desdibujan, las cosas cambian. -No pensaba contarle nada de Herminia, al menos de momento. Eran demasiados años guardándola sólo para sí-. ¿Usted cree que Antonia me alquilaría la casa?

 

                  - ¿Para vivir? -Joaquín estaba perplejo.

 

                  - Pues claro.

 

                  - Supongo que sí; a ella no le sirve de nada, no la usa apenas. Pero es una casa de verano, no tiene calefacción, las ventanas no cierran bien...

 

                  - A mi edad, querido Herrero, no se hacen planes para más de tres meses. Estamos en mayo. Si llego a septiembre, ya pensaré que hacer.

 

                  Llegaron al cenador y don José se sentó en el banco de azulejos, a pesar de que estaba lleno de grietas y desconchados.

 

                  - Haga el favor de ir a preguntarle a Antonia, mientras yo hago una llamada. Y de paso, pregúntele si puedo quedarme ya, a pasar la noche.

 

                  Joaquín, que ya se había dado la vuelta para cumplir su encargo, regresó junto al escritor.

 

                  - Maestro, no se ofenda, por favor, pero no me parece bien que se quede solo aquí por la noche. ¿Me permite que llame a su secretario?

 

                  - ¿A Matthieu? No, hijo, ni pensarlo. Lo voy a llamar yo, pero para pedirle que me traiga las cosa de aseo, el pijama y demás.

 

                  - ¿Puedo quedarme yo en su lugar?

 

                  - Desde que murió mi mujer no ha habido nadie que se preocupe por mi de esa manera y me diga lo que debo hacer. Casi lo echaba de menos... -dijo, socarrón.

 

                  - Maestro, por si se le ha olvidado... tiene usted noventa años.

 

                  - Aún no. Cumplo en julio. -Se echó a reír-. Quédese si le tranquiliza. ¿Qué le piensa decir a su mujer? ¿Qué tiene que cuidar de un viejo por la noche?

 

                  Joaquín sonrió de oreja a oreja.

 

                  - Mi mujer está en las fiestas de su pueblo, con sus padres.

 

                  Se rieron juntos y, mientras el escritor se quedaba en el banco con el teléfono en la mano, Joaquín fue a hablar con Antonia.

 

                 Ya había salido la luna cuando, sin más luz que la que daba un cuenco de mariposas flotando en aceite, se instalaron bajo el olivo, en un silencio punteado por la voz de un único grillo que sonaba perdido, llamando a unos congéneres que habían dejado de existir. La oscuridad no era tan perfecta como la que él recordaba; el resplandor del alumbrado público teñía el cielo de color canela hacia el norte y de vez en cando se oía el motor de un coche, pero el aíre seguía siendo dulce y fresco y, entre ramas, destellaban algunas estrellas.

 

                   - Nunca creí que el pasado pudiera recuperarse -dijo el anciano en voz baja.

 

                   - No sé si recupera, pero a veces puede recrearse, como hoy.

 

                   - Gracias, muchacho. Nunca me han hecho mejor regalo.

 

                   - De nada, maestro. Ha sido un placer para mí.

 

                   - Ahora me toca a mí.

 

                   - No lo entiendo.

 

                   - Ya lo entenderá. Quiero hacerle una propuesta. No diga nada aún. Escuche: he pensado en vender mi casa de Suiza y quedarme aquí; Antonia está de acuerdo. Me alquilaría esta casa e incluso se ocuparía de la limpieza y la cocina, aunque de vez en cuando tendría usted que llevarme a la Carrasqueta, al restaurante donde trabaja Antonio.

                  - ¿Antonio?

 

                  - El cocinero de hoy. El del insuperable arroz con conejo y caracoles. El del Pou de la Neu.

 

                  - ¿Se llama Antonio?

 

                  - Sí. Siga escuchando: yo me instalo aquí y lo contrato a usted como secretario. Así mato dos pájaros de un tiro: me libro de Matthieu, que nunca me ha gustado, y lo gano a usted.

 

                  - Pero, pero...

 

                 - Deje de interrumpir, caramba. Luego he pensado dejar mi legado a la universidad de Alicante...

 

                  - Ellos no están en situación económica de competir con California.

 

                  - Pero ¿quiere dejar de cortarme, collins? -No había usado ni oído la palabra en varias décadas, pero de pronto le había venido a los labios y le había sonado tan natural como cuando la soltaba el tío Zacarías-. Le decía: yo dejo mi legado a la universidad de Alicante a cambio de un puesto de trabajo para usted. Contrato indefinido, se entiende. Y usted se ocupa de administrar mis asuntos y, cuando yo muera, de las reediciones conmemorativas y demás. ¿Qué me dice? Y deje de abrir y cerrar la boca, hombre, parece usted una carpa. Háblelo con su mujer. Piénselo.

 

            - No hace falta, maestro.

 

            - Entonces, ¿hace?

 

                  - Hace.

 

                  Se estrecharon las manos solemnemente y se quedaron un instante mirándose a los ojos, sintiendo la complicidad chispear entre ellos.

 

                  - ¿Y California?

 

                 - Dick es buen perdedor. Y hay docenas de escritores laureados. Le ayudaré a conseguir otro. Y ahora... ¿me traería usted ese plato de arroz que Antonio me ha apartado?

 

                  - Estará frío.

 

                  - Pues déle una vuelta por la sartén.

 

                 Cuando volvió Joaquín con el plato, aún alucinando por las últimas noticias, el maestro estaba hablando por teléfono. Pulso el botón que permitía oír al interlocutor. Thomkins estaba a medias de una frase.

 

                 - ... por un miserable plato de arroz? Con caracoles, además, unos bichos asquerosos que ni siquiera te gustan... ¿Te has vendido a otra universidad por un plato de arroz, Joe?

 

                 Don José Sánchez Vera se metió en la boca una cucharada de delicioso arroz recalentado... pensó fugazmente que tenía que preguntarle al cocinero si había puesto ñoras o pimientos rojos... y, contestó con un suspiro de felicidad.

 

                  - Sí, Dick. Por un plato de arroz.

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                       Fin.

 

 

 

 

 

 

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