De "La Gastronomía de José Soler".

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El globo pontificio.

M. Fernández Seíjas - J. I. A. Soler Díaz

Año 2012

 

Cuento gastronómico, no premiado en el concurso de literatura gastronómica del Hotel Gastronòmic Pou de la Neu, en el Alt de La Carrasqueta, en Xixona (provincia de Alicante).

Aunque no hallan premiado nuestro cuento literario, nosotros lo publicamos porque nos gusta.

En este relato tratamos de comparar la gastronomía española con la francesa, ya que ambas tienen platos muy parecidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

abían salido de madrugada desde la pista central de despegue del nada transitado aeropuerto de Castellón de la Plana. Les dieron a elegir entre dos: uno a rayas verticales amarillas y blancas con un gran escudo pontificio amarillo y rojo dibujado en el centro, y otro con rayas longitudinales azules y blancas y un inmenso dibujo del fundador del Opus Dei, monseñor Escrivá de Balaguer, con sotana negra, gafas de sol y los brazos abiertos en actitud de ascender a los cielos portando un rosario en una mano y su libro Camino en la otra.

 

        Asombrados con la oferta, optaron por el del escudo pontificio. Llevaban una pequeña hélice de cuatro palas activada por un motorcito de gasoil en la parte trasera de la canasta e iban equipados con un GPS y de todos los artilugios precisos para la navegación aérea.

 

       Partían provistos con las suficientes bombonas de helio, según les aseguraron, hasta llegar al aeródromo de Rabasa en Sant Vicent del Raspeig. Los globos aerostáticos eran propiedad de una empresa cuyo dueño era un tal Carlos Cabra al que extrañamente le había tocado la lotería de Navidad en muchísimas ocasiones.

 

        Al despegar, vieron en el aeropuerto, como un niño corriendo intentaba hacer volar un avión de papel por la pista central de aterrizaje, resultándoles un tanto extraño, pero se acordaron de la vieja propaganda: ‘España es diferente’.

 

        Habían tomado rumbo sureste, hacia Alicante, a una altura óptima con viento favorable. Pasadas 10 horas sobrevolaban ya la Costa Blanca. El día había salido clareado, pero empezaban a notar algunas ráfagas de viento y veían nubes ennegrecidas espesas que amenazaban lluvia y tormenta. El mar se veía de forma clara ya que navegaban a 1.000 metros de altura. A pesar de la propulsión de la hélice, la ventisca les desviaba hacia el interior del terreno divisándose las temibles altas montañas.

 

        En el GPS constataron que habían sobrevolado el pueblo de El Campello y, ahora abajo y a su izquierda, observaban el pueblo turronero de Xixona.

 

        Comenzó a relampaguear, tronar y llover a mares, incluso a nevar, y el desagradable aire les seguía empujando con fuerza hacia las montañas del interior, ante lo cual el piloto Christian optó por tomar aún más altura para corregir el rumbo.

 

        Philippe le decía: - ‘Esto no me gusta nada, con que iba ha hacer buen tiempo ¡eh!’, y Christian le respondía: -‘Calla, no me pongas nervioso, tranquilo, que está todo más o menos controlado’.

 

        Christian, un hombre soltero delgado, fornido y alto, con algo de pancha cervecera a sus sesenta años de edad, era un piloto de aviación jubilado de las Fuerzas Aéreas Francesas, y Philippe con sesenta y cinco años de edad, algo más bajo que Christian y también delgado, era un chef jubilado y viudo que había cedido como herencia su pequeño bistrot marsellés a sus hijos.

 

        Ambos se conocían desde jóvenes y los dos habían nacido en Marsella, y este octubre habían decidido sobrevolar la costa mediterránea española, desde Castellón de la Plana hasta Málaga.

 

        Totalmente empapados a pesar de sus chubasqueros de color amarillo y blanco, que también llevaban un vistoso escudo pontificio de color amarillo y rojo en la pechera derecha, pudieron observar desde unos 1.500 metros de altitud que sobrevolaban una sierra bastante alta.

 

        Philippe decía: - ‘Baja, baja, que nos vamos a matar’. Y Christian respondía: - ‘Ya voy, ya voy… Allí parece que hay un claro despejado’.

 

        Consiguieron aterrizar con bastantes dificultades. Estaba atardeciendo, y alumbrando con la potente luz que llevaban en la canasta consiguieron leer en el GPS que estaban en un sitio, junto a una carretera, que se llamaba ‘Alt de La Carrasqueta.

 

        En ese momento llegó una patrulla de tráfico de la Guardia Civil que llevaban un rato observando volar el globo mientras subían con su coche oficial por el puerto de La Carrasqueta, diciéndole un guardia al otro: - ‘Me parece que se van a dar una hostia’; y el otro respondió: - ‘Nunca mejor dicho Manuel, porque el globo parece ser de El Vaticano’.

 

        - ‘Buenas tardes… ¡Documentación!’, les espetó el cabo de la Guardia Civil.

 

        - ‘Pegdón, ¿qué dice mesié?’, dijo Philippe.

 

       - ‘¡Qué me enseñen sus documentos de identidad!’, respondió el cabo.

 

       - ‘Franchutes’, dijo el cabo dirigiéndose a su compañero raso, viendo que los documentos estaban en regla.

 

        - ‘Anda que no están chalaos estos tíos’, le respondió el raso al cabo.

 

        Philippe se dirigió a Christian: - ‘Y ahora ¿qué vamos a hacer?’.

 

        - ‘Miren, duerman esta noche en un hotel que hay aquí cerca y mañana veremos qué se puede hacer por ustedes’, les dijo uno de los guardias.

 

        El globo quedo deshinchado y recogido en el descampado, cogieron las bolsas con su equipaje, y los guardias les acercaron en su coche al Hotel Gastronòmic ‘Pou de la Neu.

 

        Entre pitos y flautas, eran las diez de la noche. Llamaron, y les abrió la puerta un adormilado recepcionista, saludándoles: – ‘Hola, buenas noches, ¿qué hay?’, y uno de los guardias le dijo: – ‘Nada grave Paco, que a ver si tienes habitaciones para estos dos colgaos, que han venido volando en un globo y se les ha escogorciao aquí al lado. Parecía se hubieran escapao de El Vaticano, pero va a ser que no; son franchutes, y dicen que vienen del aeropuerto de Castellón de La Plana y, mañana, veremos si todo es como cuentan’.

 

        Christian y Philippe estaban reventados, y después de tomar sendos sándwich a la plancha de jamón de York y queso, acompañados con unas copas de vino tinto, sendos cafés y dos pequeñas copas de brandy Cardenal Mendoza, se retiraron a dormir.


        A la mañana siguiente, a eso de las nueve, les llamó el recepcionista por teléfono a sus respectivas habitaciones, se levantaron, ducharon y vistieron, y se encaminaron al comedor a desayunar café con leche y unas tostadas con mantequilla y mermelada de albaricoque.

 

        - ‘Esto no podía salir bien, ya te lo dije, pero tu te empeñas en cosas muy raras, con lo bien que podríamos estar comiendo ostras de Bouzigues en el puerto de Sète’, dijo Philippe.

 

        - ¡Calla!, que no ha pasado nada, solo un pequeño percance. ¿Sabes qué con este desayuno nos estamos zampando cada uno 157 miligramos de colesterol? Tengo que anotarlo’.

 

        Philippe le respondió: - ‘¿Dices un pequeño percance?... ¡Pero si por poco nos matamos!’.

 

        Christian, siempre calculaba con su teléfono móvil conectado a Internet, de modo un tanto obsesivo, la composición nutritiva de cada plato que le ponían delante. Su médico le había dicho que tenía problemas con el colesterol malo e intentaba contenerse, sin conseguirlo, en su dieta alimenticia, cosa que a Philippe 'se la traía muy floja'.

 

        Andando, fueron al descampado cercano, al lado de la carretera, a ver el globo pontificio, que en el aterrizaje de emergencia había quedado un tanto perjudicado. Estaba lleno de barro y tenía una rotura en una parte de la tela que había sido provocada por el tronco seco de un árbol cercano durante el trastabillado aterrizaje. No podrían continuar con el viaje que se habían trazado hacia Málaga.

 

        La guardia civil hizo acto de presencia y les ayudó a llamar a la compañía del tal Carlos Cabra, que finalmente se haría cargo de recoger el globo. Al rato, vino un camión grúa y se llevó el globo pontificio camino de regreso hacia Castellón de La Plana.

 

        - ‘¿Y, ahora qué hacemos?, le dijo Philippe a su compañero.

 

        - ‘Pues nada amigo, quedarnos por aquí y disfrutar del paisaje durante unos días y, después, ya veremos’.


        A las doce de mediodía, un empleado del hotel que tenía que ir a la vecina ciudad de Alcoi, les llevó en su furgoneta. Allí, alquilaron un pequeño coche para poder desplazarse por la zona y adquirieron algunas prendas de ropa en algunas tiendas cercanas. Preguntaron al dependiente de una de ellas dónde podían comer en un restaurante que estuviera bien de calidad y precio, y éste les indicó como llegar al restaurante ‘Lolo, que les pillaba de camino de vuelta al hotel.

 

        Aparcaron el coche, entraron en el amplio restaurante, que parecía una enorme masía rural, y pidieron mesa. Una vez sentados, un señor sonriente, gordito, calvo y con bigote, que se llamaba Lolo, tomó nota de lo querían comer. Eligieron una ensalada de tomates Raf, cohombro y ventrisca de atún, una ración de bolets o setas de chopo, unas berenjenas crujientes y un estupendo arroz en paella con costillitas de cerdo y verduritas, todo regado con un tinto Enrique Mendoza Shiraz 2006.

 

        De postre, Christian eligió unos Rossegons del señor Pepe de la Venta del Pilar, y Philippe una Muerte por Chocolate.

 

        Mientras esperaban la comida, bebiendo una cerveza fría con alguna tapa de aperitivo, observaron la decoración rústica, recargada, con cuadros de toreros, azulejos pintados con diversos motivos y objetos varios propios de colección, que no dejaban ni un solo trocito de pared al desnudo.

 

        - ‘En la mesa de al lado…’, les susurró bajito, en plan cotilla, un camarero que les escanciaba el vino en las copas, - ‘…están, poniéndose tibios, el alcalde de Alcoy y algunos de sus concejales’, y les siguió diciendo: - ‘El alcalde es como ustedes, muy francés’.

 

        - ‘¿Pog qué mesié?’, pregunto Christian.

 

        - ‘Porque se apellida Francés, y en su campaña electoral en los carteles de propaganda con su retrato ponía ‘Ara parla Françès’, les explicó descojonao de risa el camarero.

 

        Y Christian, levantando los hombros y no entendiendo muy bien al camarero, pensó de nuevo: ‘España es diferente’.


        - ‘No se come mal aquí, y este chocolate está de muerte’, dijo Philippe.

 

        - ‘Ochocientas noventa y siete calorías y 50,4 miligramos de colesterol, tiene tu chocolate de muerte’, respondió Christian.

        Pagaron la factura que ascendió a ochenta y ocho euros, se levantaron y al salir varios comensales de mesas vecinas se les quedaron mirando, quizá porque Christian vestía una chaqueta cruzada azul marino con botones de ancla dorados y una gorra azul de plato, que junto con su poblada barba cana, hizo que Philippe, que a su vez llevaba jersey, gabardina y un gorro de lana en la cabeza, le comentara: -‘¡Llamas la atención capitán Haddock, no se por qué vistes así, parece que tengas el barco atracado bajo un olivo!’.

 

        - ‘¡No digas más tonterías Tintín! Estos no entienden nada. Voy equipado de forma estupenda, cómoda y elegante’, le respondió Christian.

 

        Llegaron al hotel, y subieron a echar una siesta a sus habitaciones del segundo piso. Más tarde bajaron, y fueron a la pequeña barra del bar que se encuentra en la misma recepción. Christian pidió una copa de brandy Cardenal Mendoza, y Philippe una jarra de cerveza.

 

        Entraron en la biblioteca, que tenía una pequeña chimenea de leña encendida porque con la reciente y escasa nevada empezaba a notarse intensamente el frío de montaña, y Philippe eligió un libro de gastronomía después de hojear unos cuantos.

 

        Se fueron a sentar al mirador que hay en el exterior del hotel desde donde se divisaba un inmenso valle y, al fondo, la bahía de Alicante y el mar Mediterráneo.

 

        - ‘Sólo a ti se te puede ocurrir venir en globo hasta aquí’, le dijo Philippe.

 

        - ‘Bueno, ya está bien, disfruta de la estancia y olvida el tema. ¡Ah! Tu cerveza no tiene colesterol, pero lleva 140 calorías. Ya verás la andorga que se te va ha hacer y no podrás volver a navegar en globo’, respondió Christian, mientras encendía su pipa de tabaco con olor a vainilla.

 

        A las 9 de la tarde, cenaron en el comedor un asado de verduras y unos lomos de bacalao con espinaca a la crema suave de allioli, tomaron café y cognac, y se fueron a dormir, mientras Christian pensaba, un poco molesto, que con la cena había engullido 795 orondas calorías y 80,2 miligramos de asqueroso colesterol.


        Al día siguiente, conocieron a Antonio, el cocinero del hotel. Philippe le dijo que él también había sido cocinero en Marsella, pero que ahora estaba jubilado.

 

        Hablaron de las recetas culinarias que tenían en el restaurante. El cocinero les dijo que ese día iba a preparar un caldero de arroz y pescado guisado, que aunque no estaba habitualmente en el menú, lo iba a cocinar para un grupo de 8 personas que vendrían desde Alicante y Murcia, y les preguntó si querían comer lo mismo ya que tenía ingredientes de sobra, y ellos dijeron que muy bien, que sí que les apetecía.

 

        Philippe leyó en la carta que había un plato que se llamaba Giraboix, y preguntó por qué se llamaban así. El cocinero le explicó que este plato consistía en un guiso de bacalao desalado, con butifarras de carne y blanquets, pencas, patatas, alubias blancas, rebanadas de pan, tomate, cebolla, ñora, huevo duro y aceite de oliva; y que se llama así porque al guiso se le agrega allioli, una emulsión de ajo y aceite, que en Xixona se hace en un mortero, y a la mano de madera del mortero le llaman boix porque hace años se hacía con madera de árbol boj común, el Buxus sempervirens… y que el nombre venía de girar el boix en el mortero, y por eso lo de ‘giraboix’.

 

        Philippe le contó que en toda la zona del Mediodía francés, en la Provenza y, concretamente, en su bistrot de Marsella él tenía en la carta un plato, muy parecido al Giraboix, que se llama Grand alïoli (Gran alioli) o Alïoli garni (Alioli guarnecido), que es un especie de hervido de hortalizas y verduras con morue o bacalao en salazón, y mientras le iba contando el asunto, le escribía la receta en un papel: - “Dos días antes de preparar el plato, ponemos los lomos de bacalao a desalar, dispuestos con su piel hacia abajo en un colador plano con patas, colocado en un cacharro con agua fría de modo que el pescado esté sumergido pero sin que toque el fondo del recipiente para que la sal pueda precipitar libremente y vamos cambiando el agua cada 8 horas.

 

        Preparamos un caldo corto para pescado sin sal, lo colamos y lo dejamos enfriar. Pelamos patatas y zanahorias naranjas, cortamos los extremos de unos calabacines y limpiamos unos puerros, reservando sólo su parte blanca. Lavamos todas las verduras y hortalizas con agua fría. Cortamos los tallos de unas alcachofas a unos dos centímetros de la base de la flor, y les retiramos las brácteas duras exteriores y toda la pelusa del centro. Desechamos las partes más mustias de dos bulbos de hinojo y los partimos en dos. Cortamos las zanahorias y los calabacines en forma de palitos gruesos. Retiramos el bacalao de su remojo y lo sumergimos en el caldo corto frío; poniéndolo sobre el fuego, llevamos a ebullición el líquido cociendo el bacalao, a fuego lento, durante unos quince minutos; retiramos el bacalao, lo secamos con papel absorbente, le quitamos su piel y las espinas que aún pudieran quedar, y lo mantenemos caliente en una fuente colocada encima de una pequeña cazuela con agua hirviendo, cubriéndolo con una hoja de papel de aluminio. Oprimimos los tomates partidos por la mitad en un exprimidor manual de naranjas obteniendo su pulpa. Ponemos a hervir, de nuevo, el caldo corto de la cocción del bacalao y le añadimos la pulpa de tomate y las verduras y hortalizas unas tras otras, en función de su tiempo de cocción: 30 minutos para las alcachofas, 20 minutos para las mitades de los bulbos de hinojo, los puerros y las patatas, 15 minutos para las zanahorias, y 10 minutos para los calabacines. Enjugamos todas las verduras y hortalizas y las disponemos en la fuente de servir alrededor del bacalao hervido; quitamos la cáscara a seis huevos duros y los añadimos a la fuente cortados en rodajitas. Servimos el plato al momento, en caliente, acompañado de la salsa Alïoli, que en realidad es una salsa Mahonesa con ajo, en salsera aparte.”

 

        A las tres de la tarde se sentaron a comer el caldero de arroz y pescado guisado.

 

        Les sirvieron el arroz en una bandeja y el guiso de pescado con patatas en la otra, junto con un cuenco de salsa allioli y otro de salsa salmorreta. Bebieron un cava catalán frío para acompañar y tomaron un postre de coca boba dulce, y otro de turrón de nieve y a la piedra.

 

        Cuando estaban tomando café y unas copas de coñá, Antonio el cocinero se sentó con ellos y les preguntó si les había gustado la comida. Philippe le dijo que mucho, y le preguntó cómo lo había cocinado.

 

        - ‘Pues mire, la receta para 6 personas, requiere medio kilo de arroz de grano medio categoría extra, dos litros de fumet de pescado, medio litro de salsa allioli, pero no de salsa Mahonesa con ajo, sino una simple emulsión de ajo y aceite de oliva sin yema de huevo... com Déu mana ('como Dios manda'), una cola de rape de algo más de medio kilo, dos cabrachos o gallinetas de casi medio kilo cada uno, medio kilo de filetes de mújol, seis patatas nuevas de tamaño mediano, tres tomates maduros, dos cabezas de ajo, un cucharón de aceite de oliva, dos cucharaditas de pimentón choricero ahumado que compré hace tiempo en un pueblo de Murcia, unas quince hebras de azafrán, tres ñoras secas de las que tenemos por estas tierras, sin sus pedúnculos y semillas, y algo de sal’.

 

        Continuaba hablando el cocinero: - ‘He preparado un caldo o fumet de pescado, hecho con 30 sardinas frescas, que usted como buen chef francés sabe como se hace, lo he pasado por un colador de malla fina y lo he dejado enfriar. He triturado las ñoras y 5 dientes de ajos pelados, agregando también pimentón y he reservado este majado.

 

        He preparado una salsa allioli en cantidad muy generosa con los dientes pelados de una cabeza de ajos y aceite de oliva echado a hilillos, removiendo todo en el mortero, y, también, una salsa salmorreta que consiste en picar en el mortero tres dientes de ajo pelados, un tomate asado en el horno y unas ramitas de perejil fresco, junto con un poquito de vinagre, pimienta recién molida, y un poco del caldo de pescado, y he puesto todo a hervir en un cazo durante unos 5 minutos, dejando luego enfriar esta salsa.

 

        He cocido las patatas peladas, cortadas a cachos, en el caldo de sardinas colado; luego, he cocido, en el mismo caldo, el pescado fresco bien limpio y condimentado, y he puesto las patatas y el pescado en una fuente que he mantenido caliente sobre un cazo al fuego con agua hirviendo. Después, he colado el caldo otra vez.

 

        En una paellera de cuarenta centímetros dispuesta sobre un buen fuego, he puesto los trozos de tomate ha rehogar en aceite de oliva caliente junto con el majado de ajos, pimentón y ñoras, he agregado los granos de arroz y los he removido, he puesto algo de sal y, después, le he ido vertiendo por encima el caldo hirviente de pescado, poco a poco, con un cucharón, hasta 5 minutos antes de acabar la cocción del arroz que, en total, es de unos 17 minutos. Y ya ven, luego se sirve a la mesa el pescado guisado con las patatas en una fuente, el arroz meloso en otra, y las salsas salmorreta y allioli en salseras aparte. Y se va comiendo todo como a uno le dé la gana: una cucharada de arroz con salmorreta, otra con allioli, un trocito de patata, un poquito de pescado...”.

 

        En la mesa de al lado, el vino ya había hecho estragos en los ocho comensales que habían venido de Alicante y Murcia, y en la sobremesa mientras tomaban unas copas después del café, cantaban aquello de: - ‘El vino que tiene Asunción no es blanco ni tinto ni tiene color…’ y hasta una jota con una estrofa que rezaba así: ‘Cuándo estaremos, mañica / como los pies del Señor / uno encimica del otro / y un clavico entre los dos’.

 

        Philippe, con su alma y razón de chef francés, le dijo al cocinero: - ‘Pego mesié, ¡un fumet de sagdinas es muy fuegte!’, y el aludido le respondió con una sonrisa: - ‘Usted me ha dicho antes que le ha gustado el arroz, pruebe a cocinarlo así, que se relamerá’.

 

        Philippe le iba contando al cocinero que en su querida Marsella tenían algo muy parecido al caldero de arroz y pescado, que se llama sopa Bouillabaisse, que no lleva arroz, pero sí un pan denominado marette, un poco de licor Pernod, mucho pescado de roca del mejor y con ‘pocas horas fuera del mar’, vino blanco, azafrán, pimienta, cebolla, tomate, hinojo, perejil fresco, laurel, sal y corteza seca de naranja.

 

        Que esta sopa se acompaña de salsa Rouille. Que la palabra bouillabaisse proviene del occitano provenzal bolh-abaisse, donde bolh significa ‘hervir’ en castellano y abaisse se refiere a ‘bajar el fuego o cocer lentamente’. Que esta sopa francesa procede de la antigua Focea, ciudad griega de Asia Menor o Anatolia, cuando sus habitantes foceos y fenicios emigraron y se asentaron en Marsella y Tolón, y que rouille en castellano significa herrumbre u oxidado por el color naranja o rojo que toma una salsa Mahonesa cuando se le añade azafrán o pimentón, además de miga de pan, ajo pelado picado y patata hervida.

 

        Christian se aburría bastante con la conversación, y como le gustaba destacar, pidió al cocinero que le trajera un huevo fresco; chascó la cáscara del huevo y dejo caer su contenido en un platito vacío, a continuación con una botellita de plástico vacía de agua mineral, haciendo presión con los dedos en sus paredes, succionó con su cuello la yema de huevo, y dejando de hacer presión la dejó caer en otro platito también vacío, y dijo: - Mesié ¿ha visto cómo sepago la yema de la claga de huevó? ¿A qué esto no sabía haceglo usted?…’.

 

        El cocinero fue a por otro huevo a la cocina, volvió y con una sola mano chascó la cáscara del huevo dejando caer la yema y la clara en la palma y dedos extendidos de la otra mano, luego abriendo un poco los dedos, dejó resbalar la clara en el platito, conservando la yema en la palma, diciéndole a Christian: - ‘Esto es mucho más práctico’.

 

        Christian, para despistar, se puso a hablar de su tema preferido: - ‘¿Sabéis qué una yema de un huevo de tamaño mediano de unos 57 gramos de peso, contiene 203 miligramos de colesterol y 6 gramos de grasa total, pero que la mayoría de esta grasa, que es insaturada, es de ácidos grasos omega 6, como el  linoleico, siendo beneficiosa para nuestro organismo en una proporción 4:1 o menor con los ácidos grasos omega 3? Una gran cantidad de galenos, por ignorancia, nos engañan toda la vida, diciéndonos que comamos muy pocos huevos. ¡Cinco me tomo yo a la semana y míreme lo saludable que estoy!’.

 

        Philippe le contaba al cocinero que uno de los platos que más le gustaban era la brandade de morue o brandada de bacalao. Que brandar significa agitar o remover vigorosamente en un mortero bacalao desalado cocido y desmigado quitando sus espinas, ajo pelado machacado y aceite de oliva echado a hilillos, y que en algunos sitios le ponen patata cocida o puré de patata, hasta conseguir un majado de pasta untuosa y suave, que luego se come untada sobre una tostada de pan.

 

        El cocinero le dijo que conocía el plato y le gustaba, y que en España tenían un plato parecido desde hacía siglos que se llama atascaburras o ajo arriero; que era un plato castellano típico del invierno albaceteño o la Serranía de Cuenca y se denominaba así porque saciaba tanto que podía 'hartar hasta las burras'. Le contó que sus ingredientes eran bacalao en salazón (desalado en abundante agua la noche previa), patatas cocidas y desmenuzadas, hilillos de aceite de oliva, un poco de ajo majado en un mortero, todo bien mezclado y decorado con unas nueces. Y siguió diciéndole, que esta pasta untuosa se extendía sobre un buena hogaza de pan castellana, y que en algunos sitios también le ponían rodajas de huevo duro.

 

        Philippe, acordándose de su difunta y añorada mujer, le dijo:

 

        - ‘Mi desaparecida mujer nació en Béziers, una ciudad del Languedoc-Rosellón, donde había una fábrica de brandade de morue. Allí preparaban conservas, y me contaba que todos los viernes, día de comer pescado ya sabe porque, vendían sus productos frescos y muchas amas de casa iban a por bacalao ya desalado, triturado y listo para hacer la brandada. También vendían la brandada ya preparada para comer. Estaba depositada en grandes palanganas y mientras servían las cantidades solicitadas envueltas en papel encerado, las mujeres comentaban entre ellas como la iban a preparar ese mediodía. Los elementos primordiales que añadían a bacalao desalado eran ajo, aceite de oliva y, también, puré de patata, no siendo inocente esa fórmula culinaria ya que la patata era el elemento económico que suavizaba los sabores y también el monedero. Así pues, la brandada daba para mucho: gratinada en el horno con mantequilla y queso rallado, en croquetas, como relleno de otras preparaciones y, en fin, hasta dónde llegaba la imaginación y el dinero. Mi mujer, cuando era niña, junto con su madre, se ponían en la cola que se formaba en la tienda hasta obtener su porción de brandada. ¡Ay, cuánto echo de menos a mi mujer!, menos mal que ahora tengo al loco de mi amigo Christian’.

 

        Y a Philippe se le iluminaban los ojos, mirando al cocinero y a su amigo, mientras se acordaba de su mujer y le resbalaba una lágrima por su mejilla.
 

        Pasados unos días, despidiéndose afectivamente de Antonio el cocinero, los dos amigos emprendieron viaje en avión, desde el aeropuerto del Altet en Alicante, a su querida Marsella.

 

        A pesar del percance sufrido en el puñetero y santificado globo pontificio de Cabra, se lo habían pasado muy bien. Dejarían para otra ocasión el comer espetada de sardinas y soldaditos de Pavía en Málaga, y los famosos manojitos de boquerones Victorianos fritos en las playas de Rincón de la Victoria en la turística Costa del Sol.

 

Fin.

 

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