De "La Gastronomía de José Soler".
Un japonés en la provincia de Alicante.
J. I. A. Soler Díaz
Año 2012
Cuento gastronómico, no premiado en el concurso de literatura gastronómica del Hotel Gastronòmic Pou de la Neu, en el Alt de La Carrasqueta, en Xixona (provincia de Alicante).
Aunque no hallan premiado nuestro cuento literario, nosotros lo publicamos porque nos gusta.

l señor Satoru Satoh había nacido en la isla de Okinawa en el año 1953. Dominaba el español porque, en 1977, se había graduado en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio. En 1978, consiguió ser agregado de la Embajada de Japón en España. En 1980, obtuvo la Diplomatura en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Se casó con Olivia en 1981, una guapa chica alicantina siete años menor que él, que estudió la carrera de periodismo en Madrid. Vivían en Alpedrete, municipio del Valle del Guadarrama, a 47 Km del centro de Madrid.
Habían venido varias veces
de vacaciones a
Alicante para ver a los padres de su mujer que
vivían
en
el barrio de
Benalúa. Desde hacía varios años, cada verano
alquilaban un apartamento en la
playa de San Juan. Este verano de 2012 vino sin su mujer, que se
quedó en Madrid por diversos motivos de trabajo, teniendo la intención de
conocer más a fondo la zona de la Montaña de Alicante. Le encantaba la
gastronomía, la de su país
Japón y la española. Una de las
tapas alicantinas que más le gustaba
era la
hueva de atún o de
mújol cortada a lonchitas y servida con
almendras saladas. Y le gustaba porque
desde pequeño la comía en su país; allí la llaman
karasumi.
En Japón,
preparan estas bolsas ováricas de
mújol hembra saladas, prensadas y secadas al sol, desde muchísimo
tiempo atrás. Hace muchos siglos, el pequeño
país
fenicio, lleno de piratas y comerciantes,
a través de sus rutas marítimas y terrestres extendió ésta ‘delicatessen
o
chinmi’ por casi todo el mundo conocido. En
Italia
y Cerdeña
la llaman
bottarga,
en los
países árabes mediterráneos
batarej, y en
Grecia
avgotarajo. El
karasumi
es una especialidad de
Nagasaki, que junto con las
huevas de
erizo de
mar en salazón y el
konowata
o tripas de
pepino de mar, forman los «tres
chinmi»
más importantes de
Japón.
En sus estancias en
Alicante,
habían ido varias veces al restaurante La Goleta, situado en la
Explanada de España, a degustar su famoso
arroz en paella con salmonetes.
También, disfrutaron en
el
restaurante
Dársena, en la
Marina
Deportiva del Puerto de Alicante; allí habían probado el delicioso
arroz
a banda, llamado así porque se sirve el
arroz en paella hecho con
caldo de pescado, y el
pescado guisado aparte, separado, ‘a banda’ en valenciano.
Aunque él conocía, también, otra teoría sobre el origen de este nombre según le
explicaron un día en el pueblo pesquero de
Santapola; en el
restaurante Batiste,
cuando degustaba este arroz, le dijeron que
se llamaba así porque antiguamente se cocinaba, a bordo de los barcos pesqueros
en alta mar, en un caldero de metal que pendía de unas cadenas sujetas a un
trípode para amortizar el vaivén de la embarcación provocado por las olas; y
este trípode móvil se situaba en la banda de
babor, y otras veces en la
de estribor, siempre al lado contrario desde donde se faenaba con las artes de
pesca; la banda es la parte de la
borda y
bao
del
barco que esta situada entre las aletas y amuras de babor y estribor, y de ahí
el nombre de ‘arroz a banda’ en
paella o en caldero, y el guiso de pescado,
que se acompañaban con
salsa salmorreta
y
allioli.
En septiembre de 2003, unos
amigos marineros de la familia de su mujer, les llevaron a pescar el
bonito del sur (Katsuwonus
pelamis) al
curricán, que en
Japón se conoce con el nombre de
Katsue. Le encantó ver como desde el
barco en marcha lanzaban, desde unas cañas muy largas, los sedales con sus
plomos y cucharillas de metal helicoidales, y al final de estas el anzuelo; los
bonitos picaban la trampa confundiendo con
pequeñas
sardinas las cucharillas helicoidales en el agua a poca profundidad,
cuando al girar, gracias a la lenta
marcha
del barco, emitían destellos reflejos de luz solar.
El señor Satoru les había preparado en alguna ocasión un carpaccio con este pescado. Para él, el pescado crudo era sushi en general, que significa ‘agrio’; y, además, sabía cocinarlo con diferentes técnicas culinarias: a la parrilla (yakimono), hervido (nimono), al vapor (mushimono), rebozado y frito (agemono) y ahumado (katsuobushi).
Mientras navegaban y
pescaban, les contó a sus amigos marineros de dónde provenía el nombre de
carpaccio. Les dijo que procedía del apellido de un pintor veneciano llamado
Vittore Carpaccio (1460-1526). Y les siguió explicando: - ‘Se
entiende por carpaccio toda
preparación en finas láminas de un alimento presentado en crudo y aliñado de
múltiples maneras. El nombre tuvo su origen en el
Harry’s Bar,
en la húmeda
Venecia, fundado por el chef
Giuseppe Cipriani (1900-1980). El bueno de
Cipriani
se encontró un día con que una condesa, buena clienta de su establecimiento, le
indicó que su médico le había prescrito comer carne cruda, y le preguntó si
tenía en su carta algún plato con esa condición. Otro cualquiera habría enviado
a la señora condesa al matadero municipal, pero un buen chef ha de
mantener el tipo en todo momento. Así que cortó una finísima lámina de un
solomillo de buey, que aliñó con
salsa Mahonesa aderezada con
mostaza
y
salsa Perrys.
El caso es que a la condesa le encantó el plato y le preguntó a Giussepe por su
nombre, para poder pedirlo en futuras ocasiones. Otro aprieto para el pobre
Giuseppe, que no se amilanó. Recordando que en Venecia se mostraba en esos días
una exposición del pintor Vittore Carpaccio, cuyas obras se caracterizaban por
la profusión de los colores rojo y amarillo, contestó: -
‘Carpaccio de buey’... La condesa se fue
contenta y nació un nuevo plato para la gastronomía internacional. Naturalmente,
el pintor Vittore Carpaccio no se comió un carpaccio
en toda su vida.’
Este verano de 2012, traía
en su equipaje un libro que le había regalado su mujer. Se titulaba
‘Gastronomía
Alicantina. Conduchos de Navidad’. Su autor fue el político
republicano, abogado, escritor costumbrista y gastronómico alicantino don
José Guardiola y Ortiz. Lo escribió y publicó en el año 1935,
presentando una segunda edición en 1944. Ya fallecido, hubo una tercera edición,
en 1959, promocionada desde el Ayuntamiento de Alicante por su Alcalde don
Agatángelo Soler Llorca; y otra cuarta edición en la Navidad de
1972, gestionada también por don Agatángelo, a petición de la familia del autor
y esta vez pagada de su bolsillo.
El señor Satoru, se había
aprendido el libro de cabo a rabo porque le encantaba. El libro comienza cuando
un fingido
Francisco Martínez Motiño, Cozinero Mayor del rey
Felipe II,
escribe: “El intento que he tenido en escribir este Librito, ha sido el de
que no se pierda de la memoria la relación de cosas ha poco acaescidas y que
considero dignas de perdurable recordación : En el año postrero vino desde el
Japón una Embajada para ofrecer a mi amo el Muy Noble Señor
Felipe
II, la obediencia de los Reyes del Bungo, Arima y Omura. La Embajada formada por
Príncipes de muy alta estofa, partióse poco después, para Alicante, a esperar
navío que les codujere a Roma, a fin de reconoscer la Autoridad pontificia de
Gregorio XIII, en nombre de los Reinos que representaban, convertidos al
catolicismo. Quiso el Rey mostrar su alto aprescio a los enviados japoneses, y
assí ordenó se aposentaran en Alicante en la casa de su Receptor, Don Diego de
Caisedo, y aún envió a su humilde criado el jefe de sus cocinas, que lo es el
que suscribe, para que se contribuyera, con el ejercicio de su Arte, a hacer más
agradable la estancia en aquella ciudad del personal de la Embajada. A la
llegada a Alicante fueron rescibidos por el Consejo y agasajados de los nobles,
de los eclesiásticos y de todos los Alicantinos, quienes celebraron grandes
fiestas en honor de sus ilustres huéspedes, que se embarcaron en este puerto el
6 de Enero de 1.585. Durante su permanencia en la ciudad levantina fueron
obsequiados con varios banquetes, en los que fueron casi innecesarios mis
servicios, pues, no en balde tiene aquella bien adquirida fama de buen comer y
comer bien. Doy la lista de algunos platos; muchos dellos, con sus
correspondientes recetas; ninguna escrita por relación de nadie : pues las cosas
que son escritas por relación, muy pocas veces salen verdaderas, por que las
personas que dan las memorias, nunca las dan cabales : y assí, no se puede
escribir cosa que no se haya experimentado, como ocurre con estas recetas que
doy en esta cartilla de Conduchos alicantinos, que todas han pasado por mi mano.
En escribirlas ha sido por lo solemne de la ocasión y por el gran mérito que
atribuyo a la mayoría de los platos que componen la Cocina alicantina…Assí, pido
a los inteligentes y aficionados a las cosas de su solar, miren con buenos ojos
esta Obrilla y sepan disimular sus yerros en gracia al buen propósito que me
movió a escribirla”.
El señor Satoru sabía, por su actual trabajo en la Embajada de Japón en Madrid, que el llamado reino de Ōmura, existió en la actual ciudad de Ōmura, en la prefectura de Nagasaki; que el reino de Arima estuvo ubicado en la isla de Honshū, cerca de la ciudad de Kōbe muy famosa actualmente por su exportación al resto del mundo de la codiciada carne de buey – y es que estos animales de la raza negra Tajima-ushi de vacuno Wagyū, antes de ser sacrificados, reciben diversos cuidados entre los que se incluyen los masajes con sake (conocido por los europeos como vino de arroz) que relajan sus músculos y hacen la carne más tierna y, además, les dan cerveza y frutos secos diariamente -; y, que el reino de Bungo-Ōtomo ocupó una vieja provincia de Japón, que ahora es parte de la prefectura de Ōita.
Estaba al corriente de que,
efectivamente, sí había venido a
Alicante una embajada japonesa en
diciembre del
año 1584, porque había leído el libro ‘Crónica de la Muy Ilustre y Siempre
Fiel Ciudad de Alicante’ escrito, en 1876, por el cronista y archivero
municipal alicantino don
Rafael Viravens y Pastor. En la edición, en 1976, de
don
Agatángelo Soler Llorca, en su página 127 había leído:
“Alicante fue honrada en Diciembre de 1584 con la presencia de
una Embajada que en 1582 enviaron los reyes de Bango, Arima y Omena a la Corte
de España para ofrecer a
Felipe II la obediencia de aquellos príncipes. Los
enviados japoneses, personajes de muy alta estofa que vestían riquísimos trajes,
fueron recibidos por el Concejo y hospedados en casa de D. Diego de Caisedo,
Receptor del Rey, donde recibieron los obsequios de los nobles, de los
eclesiásticos y de todos los Alicantinos, quienes celebraron grandes fiestas en
honor de los Embajadores, los cuales se embarcaron en este puerto, el 6 de Enero
de 1585 para dirigirse a
Roma con objeto de reconocer la Autoridad pontificia de
Gregorio XIII, en nombre de los Reinos que representaban, convertidos al
Catolicismo…”.
Era muy común por aquellos
años que vinieran embajadas japonesas cristianas, al reino de
España, huyendo de
Japón donde el
catolicismo estuvo castigado con la pena de muerte a partir de
1587. No sólo llegaron japoneses a
Alicante en
tiempos ya lejanos, sino también
a otras partes del Reino de España. Como ejemplo, en 1614, una misión japonesa
dirigida por el samurai
Tsunenaga Hasekura
(1571-1622) y por el franciscano
Fray Luis Sotelo
fue enviada a
Europa por orden de
Masamune Date
(1567-1636), señor feudal de
Sendai, con la
misión de entrevistarse con el rey
Felipe III 'El Piadoso' (1578-1621) y el papa
Pablo V
(1550-1621). Para salvar el pescuezo, varios de los miembros de dicha misión,
decidieron quedarse a vivir en
Coria del Río, un municipio de la
provincia de
Sevilla, en el que, actualmente, hay más de 300 personas que llevan como primer
apellido ‘Japón’, y otras 250 como segundo apellido. Fue
San Francisco Javier
(1506-1552)
quien consiguió, a partir del año 1551, que estos reinos japoneses se
convirtieran al catolicismo.
El señor Satoru, había
estudiado que el cocinero
Francisco Martínez Motiño fue mozo o galopín en las
cocinas de doña
Juana
de Austria, hermana del rey
Felipe II, en
Portugal y
España; más
tarde,
cuando Felipe II regresó de
su casorio en
Inglaterra, Motiño continuaría en las cocinas
reales; pasados los años, fue Cocinero Mayor con el rey
Felipe III; y, por
último, Maestro de Servilleta con el rey
Felipe IV. También había leído el libro
que escribió dicho cocinero titulado ‘Arte de cocina, pastelería, bizcochería
y conservería’ del que se sucederían 25 ediciones, desde la del año 1611
hasta la de 1994 y, además, sabía que don
José Guardiola y Ortiz cuando escribió
el libro ‘Gastronomía Alicantina.
Conduchos de Navidad’ había copiado
ingeniosa y divertidamente a Motiño en varias de sus recetas culinarias, como
por ejemplo la del «bollo maimón», la del
«queso de cabeza de jabalí»
y la de la «memoria de las rosquillas». La receta de la
«memoria de las rosquillas», por ejemplo, la había variado un poco adecuándola a la que
llevan a cabo las monjas del
monasterio de La Santa Faz en
Alicante.
El señor Satoru, quería
hacer la ruta que hizo la embajada japonesa por la
Montaña de Alicante.
Siguiendo la descripción de la misma relatada por don
José Guardiola y Ortiz, se
encamino en un turismo alquilado hacia el
monasterio de La Santa Faz, después a
Busot, luego a
Xixona, y por último al
pantano más antiguo
construido en España: el de
Tibi; y, de vuelta, a la ciudad de
Alicante. Pero
antes de llegar a
Tibi, se desviaría hacia un hotel donde había reservado una
habitación. Desde el pueblo turronero de
Xixona se dirigió, por la
carretera que va a
Alcoi, hacia el puerto de
La
Carrasqueta. El
Hotel Gastronòmic ‘Pou de la Neu’ está situado en el
‘Alt
de La Carrasqueta’ a 1.131 metros de altitud sobre el nivel del mar.
Al llegar, aparcó el coche, y entró en la recepción del hotel; se identificó, le dieron la llave y subió a su habitación. Disponía de una amplia cama, el suelo de gres, y una ventana vestida con cortinas de visillo que al descorrerlas dejaban ver una preciosa vista de montaña. Se duchó y bajó a dar una vuelta por el hotel. En la pequeña barra de bar situada en la recepción, pidió una cerveza fría y le obsequiaron con un plato de olives trencades aliñadas con la hierba aromática pebrella.
El chef del hotel le explicó que esa
hierba
aromática se llama en latín
Thymus piperella, que crece asilvestrada por
toda la montaña de la
provincia de Alicante, y que con ella y otros ingredientes
se fabrica el ‘herbero de la
Serra de Mariola’,
bebida espirituosa de
alta
graduación alcohólica; que sus
hojitas, también, se emplean para aromatizar
el
conejo con tomate y el famoso
gazpacho de la Sierra
de Mariola.
El señor Satoru, preguntó si más tarde le dejaría ver la cocina y si le podría explicar alguna receta culinaria de las que hacían allí. El chef le dijo que sí, que sin ningún problema. Entonces, fue a dar una vuelta por los alrededores del hotel.
Nada más salir, vio un jardín etno-botánico que tenía un sendero para
recorrerlo. Fue observando, fotografiando, tocando y oliendo los
arbustos
silvestres de
romero,
tomillo y
pebrella; el
espliego y las
bayas de
enebro que también tenían en
Japón; asimismo, las
plantas cultivadas de
laurel,
hierbabuena,
orégano y otras más. También, disfrutó de
árboles frutales como el
olivo, el
almendro, el
manzano, el
peral, que tantos recuerdos le evocaban de su
país. Todo olía muy bien y
se respiraba paz.
Luego, se asomó al mirador con mesas y sillas dispuestas para poder observar descansadamente la bahía de Alicante; desde allí pudo otear el cabo de Santapola, la ciudad de Alicante, el mar Mediterráneo, y como el día estaba despejado también pudo ver la silueta en forma de barco de la preciosa islita de Tabarca, que había conocido a lo largo de sus estancias en Alicante. Igualmente, divisó el pueblo de Xixona por el que había venido, y todo el valle que hay hasta llegar al mar.
En el mirador observó unos pequeños bancales plantados con micro-viñas. En los cuatro días que estuvo en el hotel, tuvo tiempo de sobra para entrar en la biblioteca, y constatar que habría alrededor de unos 3.000 libros de gastronomía. La biblioteca tenía una pequeña chimenea de leña que encendían en invierno, un sofá, y algún sillón y mesa para poder leer descasada y tranquilamente.

El señor Satoru se hizo
amigo del chef. Estaba muy interesado en todo lo que le contaba sobre la
gastronomía de la zona. El chef le enseño a pelar
dientes de
ajo
agitándolos dentro de una coctelera de metal tapada; a preparar una
emulsión de
aceite de oliva con
ajo y
perejil fresco triturados, que luego, con la ayuda de
un pequeño embudo, introducía en una pequeña botella de plástico vacía, de las de
agua
mineral, y así se podía guardar en la nevera durante muchos días; a la hora de
utilizarla en alguna preparación culinaria, lo único que había que hacer era
presionar la botella para que saliera un churro solidificado de color amarillo
verdoso.
Le enseño a confeccionar
all-i-oli cuando oficiaba su guiso ‘giraboix’ y le habló sobre el
origen
del nombre del plato: - “El allioli consiste en majar en un
mortero de 8 a 10 dientes de
ajo pelados, y echarles
aceite vegetal de
girasol o de
oliva a hilillos sin dejar de darle vueltas a la
mezcla con la mano del mortero
de madera de boj… girando el boj o boix… haciendo el «giraboix»…
hasta conseguir un espeso, blanco y emocionante «allioli»”. Le contó que
en Xixona cantaban o recitaban esta estrofa y otras más: Si la Reina
sabera / lo que és giraboix / a Xixona vindria / a
llepar el boix.
También, le enseñó a
preparar su
pericana a base de
bacalao en salazón,
pimientos secos choriceros,
ajo y
aceite de oliva. Le dio a probar la
coca boba dulce, la
borreta de
bacalao, la
olleta de músic alcoiana, el
turrón de nieve y
a la
piedra, el
arroz en paella de conejo y caracoles con garbanzos y tiras de
pimiento rojo, uno de los más de 365 tipos de
arroces secos, melosos y
caldosos que se cocinan en la
provincia de Alicante, más o menos económicos y
aptos para todos los bolsillos, todos suculentos y uno para cada día del año.
El señor Satoru sabía que
quemando ramitas de
romero y
tomillo en el interior de un colador de metal y
dejando caer sus cenizas sobre el
sofrito de una
paella que se estuviera
cocinando sobre fuego de gas se conseguía que el
arroz supiera a leña y a humo.
Y es que cuando se cocina una
paella sobre fuego de leña las cenizas calientes
ascienden, y al enfriarse caen encima del
arroz; y éste método casero que
empleaba él, era lo más parecido a
conseguir un sabrosísimo
arroz en paella con
aroma a leña, pero cocinado sobre el fuego de un difusor circular de gas.
Los días transcurrían de forma muy agradable, y el señor Satoru, también, pudo cocinar unas ‘gambas con fideos con atadillo de alga nori, rebozadas en tempura y fritas en aceite de oliva’.
Para ello, necesitó una serie de ingredientes que adquirió en la
vecina ciudad de
Alcoi: 12
gambas rojas frescas grandes, 200 g de
fideos
chinos, 250 mL de agua
helada,
salsa de soja o
Tamari, 2 cucharadas
soperas de raíz fresca de
jengibre rallada finamente, 2 láminas de
alga
nori,
125 g de
harina de
trigo, 1
yema de huevo, algo de
sal, y el necesario aceite de
oliva para la fritura.
Y procedió de la siguiente forma: Peló cada
gamba, retiró
cabezas e intestinos (el hilo negro que recorre la cola) haciendo un corte
longitudinal en la parte dorsal de cada cola de gamba, y las
saló ligeramente.
Cortó el alga nori en finas tiras longitudinales. Preparó una
masa
mezclando en un cuenco la harina, la
yema de huevo y el agua helada,
obteniendo la
tempura. Hidrató en caliente los
fideos chinos tal como
indicaba las instrucciones del envase, los dejó escurrir en un colador de metal,
los cortó en trocitos de la misma longitud que las colas de gambas, y los
extendió sobre una tabla de la cocina. Rebozó las colas de gambas con la
tempura, y las colocó de forma longitudinal, una a una, encima de los
fideos; con la
mano, fue apretando cada
cola de gamba rebozada para que los
trocitos de fideos quedaran pegados a aquellas. Rodeó transversalmente el centro
de cada pieza con una tirita de alga nori formando un atadillo, con un
poco de agua humedeció las
tiras de alga y presionó con la mano para que los
paquetitos no se deshicieran. Puso a calentar aceite de oliva en una amplia y
honda sartén al fuego, y fue friendo las piezas, en tandas, hasta que se
doraran; las iba poniendo sobre papel absorbente para que escurrieran el
aceite
sobrante. Luego, dispuso las piezas crujientes sobre una fuente de metal ovalada
recubierta por una blonda blanca de papel, y las sirvió calientes junto con dos
cuenquitos: uno con salsa de soja y otro con
raíz de jengibre rallada. Quedaron
muy buenas estas gambas rebozadas.
Pero el chef le preguntó: - Y qué hace usted con las cabezas de gambas ¿no las aprovecha? Y el señor Satoru le respondió: - Se pueden freír en una sartén con aceite de oliva caliente, junto con ajo y esa ñora que ustedes tienen por estas tierras, y agregar este sofrito a un caldo de pescado para darle sabor a marisco. Yo, cuando hago un arroz de pescado en paella utilizo sardinas o cualquier pescado azul para el caldo, porque al final le otorga al arroz un sabor suculentísimo.
El chef le contó que en Alcoy y en los pueblos de la montaña de la provincia de Alicante, tenían unas recetas de cocina que estaban muy bien, y se las fue explicando una a una: la Olleta de notari, el Arròs de senyoret, el Arròs caldós amb conill en cassola de fang, el Arròs amb crosta al forn en cassola de fang, la Olleta alcoiana amb pilotes de panís y muchísimas más.
El señor Satoru, le dijo
que había probado, en uno de sus viajes a Alicante, las
Bajoques farcides.
Y el chef le dijo: - ‘Sí, eso son pimientos rojos rellenos de arroz’. Y
hablaron sobre los vocablos, en francés medieval, ‘farse o farce’
(‘farsa o relleno’) o ‘facir’ (‘rellenar’), que provienen del verbo
latino ‘farcire’, que significa ‘rellenar’ en castellano. Se dijeron, uno
al otro, que las ‘farsas’, en realidad y en el teatro, eran breves interludios
cómicos en los descansos de los dramas serios o misterios. Y que,
metafóricamente en Gastronomía, el relleno sería la ‘farsa’, y su envoltorio el
pimiento el ‘drama serio’. Que en
Cataluña y en la
Comunidad Valenciana, hay
preparaciones culinarias tales como los ‘farcellets’ que se traduce al
castellano como ‘rollitos rellenos’. Y que por todo esto, en casi toda la
montaña de Alicante, hay un plato muy rico llamado ‘bajoques farcides’,
que en castellano son ‘pimientos rellenos’.
El señor Satoru debía
continuar viaje, pagó su factura, se despidió de su amigo el chef.
Volvió a
Xixona, desde donde se desvió hacia el
pantano de Tibi, porque
en el libro de don José Guardiola había leído: “En acabando la comida
disculpáronse los señores Príncipes de la mucha priesa que traían para poder
visitar con sol el gran Azud que en el término de Tibi se estaba construyendo y
que no lo había igual en toda la península. Partimos pues, y dando gran rodeo
llegamos a un lugar donde entre dos cerros llamados Mos del Bou y la Cresta, se
hallaban construyendo un dique para formar un colosal estanque que contuviera
las aguas invernales y remediar con su riego la sequía que en los veranos se
dexaba sentir en la Huerta de Alicante. Todos alabaron la grande obra que por
orden del Rey acababa de reconocer
Juanelo Turriano, autor del célebre artificio
construido en
Toledo para subir las aguas del
Taxo.”
Después, el señor Satoru volvió a la ciudad de Alicante y luego a Madrid, para estar con su amada mujer Olivia e incorporarse a su trabajo en la Embajada de Japón. El señor Satoru Satoh era el Embajador, y sonriendo pensó que le importaba muy poco si el cocinero don Francisco Martínez Motiño vino alguna vez a tierras alicantinas o no, porque él en este viaje, que realizaron hace muchos siglos sus paisanos, se lo había pasado muy bien.
Fin.